lunes, 11 de noviembre de 2013

LOS LUNES AL SOL DE UN OTOÑO EMBUSTERO




Vuelvo de la universidad, a una hora que depende de una decisión que tomo siempre con un café delante y medio estómago vacío. Bajo la misma calle de cada día, pero los lunes es más bonita, porque lo decido yo, porque se cuela el sol entre las ramas de los árboles que guardan las casas enfundados en su traje de noviembre caluroso.
Llego al parque, vuelvo la vista atrás para lamer el último rayo de un Lorenzo que cada día se acuesta antes en el jardín y subo por el ascensor, para qué mentir, hasta el cuarto piso, con prisa por pegarme a la ventana de mi cuarto para calentarme las manos en el cristal templado y cerrar los ojos rogando que me acaricie las pestañas un otoño embustero que no quiere verme con abrigo.
Bajo a comer, con poca hambre y mucha gula, y no lamo el plato de macarrones porque me parece que no es lo más apropiado, pero unto bien la salsa con el pan para que el plato quede limpio y así Regi no tenga que fregarlo.
Subo a la habitación, en el ascensor, para qué mentir, y me engaño a mí misma sentándome con decisión en la silla que he convertido en trono, con cara de voyaestudiarperonomelocreoniyo, así que me tumbo en la cama y en mi vida me he quedado dormida con tanta rapidez, y me despierto once horas después que en realidad han sido veinte minutos y que me han sabido a gloria, pero me quita el gusto un café mal hecho y la amargura de tener que estudiarahoradeverdaddelabuena.
Entro en conversaciones demasiado obtusas con Balzac, Zola, Emma, Isidorita y acabo dejando que Julián me hable de cosas más triviales, me invite a un cóctel que suena mejor que sabe a Agua del Carmen y se vaya tan rápido como ha llegado, como de costumbre.
Cojo el teléfono para que papá me dé algún consejo que seguramente no sabré aprovechar, pero hago ver que soy mayor y que entiendo todo. Entonces decido que mejor me voy a bailar que hay que pensar menos, pero se me ha olvidado merendar y los lunes Sarriá siempre huele a sopa. Hay luz en el ático azul de la plaza, pero dejo de soñar que vivo allí y entro en clase, muevo el culo como puedo mientras babeo por cómo lo mueven otros, salgo y bajo a cenar. Regi me quiere y me ha preparado una ensalada que sabe a algo parecido a casa.
Me ducho, salgo con el pelo mojado, me embadurno en crema y escribo esto.

Y me voy a dormir. Mañana más sol. 


miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Mañana me voy a casa!

La pereza de los lunes, la zalamería de los jueves y el bostezo de cada domingo por la tarde enganchadito al canto de los dientes. To run run run run run y la cuenta atrás para tocar chufa en casa y bailar descosida en la Fokin del viernes. Y si no es mucho pedir, enredarme en la cama con el león de peluche, y con el de verdad ya puestos. Dos capítulos de La Regenta y el doble de manualidades, blanco sobre blanco que me gusta más y el vídeo de los abuelos bailando, que es lunes y me pone de buen humor, por lo menos el rato que dura y el sabor de boca de después. Y como no quedaban frutas para mojar en el chocolate, un trozo de pan de molde con pepitas de negro auténtico con aceite y sal gorda, que sabe a gloria bendita y a calor en la garganta. Hoy he vuelto de la uni con muchas ganas de llorar pero como tengo mucho trabajo he pensado que lloraría más tarde, así que he esperado a acabar el capítulo XXI para ponerme a mojar un poco este lunes que se deshará en agua mañana para que yo pueda concentrarme mejor por eso de que las neuronas trabajan mejor con humedad aunque me lo acabe de inventar. A boy’s best friend is his mother y yo a la mía la echo de menos. Pero es lunes y mañana martes y pasado miércoles y al otro ya es jueves y mi casa me espera, y Celia también y Mancholas y mamá y la tata y papá y Leo y Sara y Elena. Y jo.  


lunes, 28 de octubre de 2013


        "Me despierto con unas ganas tremendas de llorar, pero como tengo mucho trabajo decido que ya lloraré más tarde."








Paula Bonet

martes, 15 de octubre de 2013

Confundían el amor con la costumbre y la rutina con la confianza. Y por eso creían que se querían, que estaban hasta las huesos el uno por el otro y que de aquí al fin del mundo y más allá también. Circulaban por la nacional porque era  más rápido, pero cada uno por su lado encontraba atascos en las carreteras secundarias y lo que llamaban puntualidad en realidad era prisa. No necesitaban mecánico que les arreglara pero la carrocería estaba llena de arañazos y el chapista cobraba caro a estas alturas. Así que preferían la comodidad a la certeza y la confusión a la verdad, porque de verdades ya sabían lo suficiente y no les convencía lo fácil. Lo complicado a lo seguro. No discutían, porque de mala sangre también sabían y era mejor así, la indiferencia por la argumentación. Elegían una película pero la televisión era testigo del aburrimiento de uno y de otro en hora punta, y testigo también de la ausencia de uno y después del otro. Y así caían las hojas de un calendario que compraron porque sí, porque era práctico aunque no bonito: la funcionalidad por la emoción. Los tomates más baratos por los de mejor sabor, el piso más viejo por el más acogedor, el vestido de su madre por el que la enamoró en aquella tienda. La amistad por el amor. Y el amor siempre por la vida.



domingo, 29 de septiembre de 2013

Jo

Queda inaugurada la temporada. La de debilitarse un poquito a propósito, la de inventar escusas, inventar culpas, y acabar culpando. La temporada de que el orgullo desequilibre la balanza que nunca ha sido balanza; me la dieron defectuosa en el mercadillo de piezas. Llegué tarde al reparto de emociones y me quedé con las más ariscas. Pero eh, que cada uno tiene sus taras, unos más acusadas que otros, pero al fin y al cabo. Las segundas partes nunca fueron buenas y yo digo que quiero conocer al sangre sucia que dijo esa frase y encima pretendió tener razón; las segundas partes son tan buenas como las primeras, me niego a que Barcelona se me resista un curso más, no le sale a cuenta a mis caderas tanta humedad. 
En mi nueva cama de matrimonio, con Otis Taylor y con Caetano Veloso - porque no hay que olvidar todo lo anterior - , con Hannah y su diario que no es un diario, con este blog que es un diario pero no es un diario. Y con una paciencia que aún no ha madurado, porque sólo hace dos semanas que duermo en otra habitación. En realidad soy como un girasol al que han trasplantado y que todavía tiene que echar raíces en suelo nuevo y encontrar el ángulo perfecto del sol. 
Dadme tiempo, por favor. 




viernes, 23 de agosto de 2013

Anna & Jacob

Lo cierto es que estaba asustada, más que eso, aterrada, si hubiera una palabra con un grado superior la utilizaría, pero no se le ocurría otro adjetivo más fuerte. Se le había enredado a las costillas como la hiedra trepadora de la casa con jardín en la que vivía desde siempre, y seguía reptando por cada hueso y cada cachito de piel libre, colonizando y oprimiendo su estómago lleno de marisoplas de colores. No podía comer, la planta había obstruido cada uno de sus canales, por los que ahora navegaban los barquitos que una tarde construyó con las manos de abuela que él decía que tenía, creyéndose astillera del papel. Lo cierto es que hasta las películas más insignificantes le afectaban, creía verse reflejada en los personajes de cualquier trama, fuera del género que fuese; siempre le había tenido miedo a los espejos pero en aquel momento de su vida todavía más porque la calle era un espejo, la televisión era un espejo, el cristal de las gafas de Celia eran un espejo al que no quería enfrentarse, y sin embargo. No quería ser como todo lo que deambulaba ante sus retinas algo estropeadas, quería la vida que circulaba una y otra vez en las angustiosas noches que pasaba sin dormir desde hacía varios meses, desde el momento en que supo que a partir de entonces iba a ser así, a destiempo y a deshora. A deslugar. Porque en realidad siempre se habían querido a destiempo y a deshora, pero el último des la estaba matando. Llevaba semanas tratando de convencerse, de hacerse más fuerte de lo que había sido en toda su vida, de hacer de tripas corazón y sacar la hiedra que oprimía sus entrañas y hacerse una corona con las hojas, hacerse un cicatriz, una herida de esa guerra entre el quiero y el puedo en el que ambos vencieran por igual. Pero la realidad era que en su bolso no faltaban nunca las bolsitas de tila.


sábado, 10 de agosto de 2013


Aunque no subo mucho, por no decir nada, y aunque proteste por las casi tres horas de curvas angostas esculpidas en las gargantas, me gusta estar aquí refugiada. Siempre digo que cuando llego a Zaragoza me siento protegida, pero todavía lo estoy más entre estas paredes de piedra que conservan el frío del invierno y me obligan a ponerme tres sudaderas y una manta a la una de la tarde. Esta aldea, con una treintena de casas, abandonadas la mayoría, es un refugio para mí, una suerte de caja de cerillas acogedora y diminuta pero al mismo tiempo infinita en sus paisajes de 360 grados, verde hasta la saciedad y auténtica sobre todas las demás cualidades. No quiero que esto parezca una guía de viajes, nunca he vendido mi pueblo como un paraíso de vacaciones; todo lo contrario, siempre he tenido alguna pega porque lo cierto es que el viaje es incómodo y que aquí no hay mucho aliciente para alguien de mi edad; ojalá me gustara más caminar por la montaña o esquiar pero son dos actividades a las que he ido cogiendo manía o miedo, no lo sé. Aun así, me gusta subir a este montículo del Solano, a estar tapada en el nuevo sofá rojo que mis padres han comprado para el salón, frente a la chimenea que ahora luce apagada y escobada pero que en invierno se convierte en el calor sempiterno de las reuniones nocturnas con paellas de conejo y jabalí al chocolate. Cuántas veces me he relamido comiendo los manjares que cazan los gemelos y que después Carmen cocina con todo el amor y la sabiduría de las gentes del Valle. Gran parte de mis recuerdos están guardados en el costurero de madera al lado del tocadiscos que hace girar la banda sonora de una vida que se me escapa poco a poco como agua entre los dedos. Agua, la del grifo de esta casa, la de la fuente del El Run, la de las cascadas que aparecen en la carretera de camino a los Llanos y que sabe a gloria fresca y purísima del Pirineo. Aunque  lo que de verdad sabe a vida aquí es la leche de las vacas, recién ordeñada y hervida, calentita y con sabor a Gabás, la cura de todos los males.
Lamento no haber subido más a menudo, pero confieso que me suelo aburrir a las pocas horas de llegar, aunque luego cuando me vaya me dé por echar de menos la autenticidad del Pirineo aragonés, el poder ponerme abrigos de lana gorda por las noches mientras en Zaragoza mis padres discuten por el aire acondicionado. Además, en la ciudad no se ven las lágrimas de San Lorenzo como las vimos ayer de madrugada, arrullados por el torrente del lavadero, que este año baja con más fuerza que nunca; con las manos y la nariz rojas de frío y la oscuridad de los chopos altísimos que tienen la suerte de poder atrapar las estrellas fugaces en sus copas los días cercanos a Santa Clara. Nunca he visto cielo igual al de este pueblo tallado en piedra, que huele en invierno a leña y a nieve recién caída, y en verano a hierba y agua helada.


Me alegro de haber crecido en Zaragoza, esa ciudad de la que tanto me quejo pero que sabe arroparnos con una familiaridad que Barcelona no tiene. Y me alegro de que mis padres no escogieran comprar una segunda residencia en la Costa Dorada, como muchos de los aragoneses que prefieren la playa a este paraíso de montaña que nosotros elegimos o que no eligió a nosotros más bien. No cambio las Navidades en torno a la chimenea ni los veranos en la era por ninguna playa mediterránea. Las montañas son eternas y protectoras y yo seguiré subiendo, de tanto en cuando, a verlas desafiar los cielos con sus cimas imposibles, y a empacharme por comer frambuesas de la mata del huerto de Carmen.



lunes, 5 de agosto de 2013

Me da pánico volar. Creo que todo el que me conoce ha tenido que escuchar la sarta de catástrofes que se me pasan por la cabeza cada vez que tengo que coger un avión. 
Pero no sé si es sólo el hecho de montar en uno de esos cacharros tan grandes y avanzar en el aire, o ya viene de antes, desde que piso el aeropuerto. Odio los aeropuertos con toda mi alma, no porque sean la antesala de un vuelo que se me antoja siempre apocalíptico sino porque me producen una incómoda sensación de pena mezclada con la espesa turbiedad de la nostalgia y una pizca generosa de amargor. Se me rompe un poquito el alma cada vez que paso el control de seguridad y aparece, como un hormiguero gris, el pasillo eterno y las salas de embarque llenas de viajeros extraviados que seguramente tienen el mismo miedo que yo.
Los peores son los que tienen cientos de tiendas de Duty Free con arsenales de colonias y recuerdos de ciudades que ni siquiera se corresponden con la del propio aeropuerto. Se me revuelve el estómago cada vez que tengo que atravesar esos puestos tan deprimentes y tan iluminados al mismo tiempo. 
 Y cuando por fin parece que puedo tener un momento de evasión y me siento en uno de los bancos corridos, cierro los ojos para no ver y me enchufo la música, empiezan a hablar por la megafonía en un inglés castellanizado llamando al último pasajero de un vuelo que siempre va a Copenhague o a Estambul. Entonces lo único que me apetece es levantarme y dejarme la voz gritando que Pascual Antón no va a aparecer porque le da miedo volar, pero todavía le dan más miedo los aeropuertos. 
A la melancolía hay que ayudarla, por eso he decidido esperar a que den las dos en el aeropuerto de Barcelona en lugar de en el centro de la ciudad. Y por eso he puesto a Norah Jones mientras escribo esto y veo despegar varios aviones. Quizás estoy alimentando una nostalgia infundada, pero igual compensa sentarse en un banco a mirar pasar a los viajeros con la sonrisa perenne y la impaciencia de quien sabe que en pocas horas pisará un suelo distinto. 
Yo me voy a pisar el mío. Me voy a casa. 

Miércoles, 31 de julio de 2013

Correo Viejo

He venido en tren, aliviada por no tener que aguantar el calor sofocante de las cuatro horas de autobús, y me ha recibido la despampanante Lena con la mejor de sus sonrisas y una compañera de piso también alemana pero con el mismo aspecto de gitana que yo y uno de los nombres más bonitos de la tradición griega: Sofía. Las tres formábamos un grupo peculiar que inclinaba la balanza hacia los colores oscuros, pero la angelical Lena se ha quedado con todas las miradas de la calle. 
Yo les he contado mil y una banalidades del verano en Zaragoza, y ellas las han escuchado con interés sincero. 
Después de comer un bocadillo y mancharme con un helado de regaliz, he decidido que dejaba a Lena y Sofía a su aire mediterráneo en el mar urbano que tanto las atrae; he preferido no acompañarlas en la tarea de derretirse pacientemente al sol en la arena de la Barceloneta. De vuelta por el gótico, pensando si volvía a al desenfreno de la estación o me quedaba vagabundeando por el centro de la ciudad, que a esa hora de la tarde perezosa no duerme la siesta por culpa del calor y los turistas, he optado por tratar de encontrar aquella plaza diminuta tan acogedora. Y la he encontrado, vaya que sí, aletargada por el sol que aún rasca la azotea de las casas que la delimitan tatuadas con graffitis variopintos y cubierta por una alfombra de polen verde. Aletargada pero invadida por la guitarra flamenca y la voz cascada de unos muchachos entrados ya en carnes que animaban el cotarro cantándole a una "mujer de pelo largo y negro y a su fuente de agua clara". Sin camiseta, y sin apenas dientes, consecuencia de las drogas me atrevo a decir, no hacían sino repetir lo felices que estaban después de cada canción. No puedo negarme a dejarles unas monedas encima de la guitarra remendada y tampoco puedo evitar sonreír a la fauna que devora Barcelona con una sonrisa desdentada y más gracia que un salero. 

Jueves, 25 de julio de 2013

jueves, 20 de junio de 2013

Creo que es importante refugiarse en los libros cuando hay tormentas como esta. Es necesario, más que importante. Es lo mejor que uno puede hacer cuando el café está amargo y la leche agria. Nada de pasear hasta el fin del mundo, ni de dormir eternamente; ninguna de esas cosas que se consideran panaceas lo son. El remedio es un libro lleno de letras que devorar y de historias ficticias que inunden cada hueco de la cabeza, quitando el sitio a las historias de la realidad. Puede que en las veinte primeras páginas no funcione, no es eficaz al segundo (no es la “purga Benito”, como dice mi madre). El comienzo es duro porque puede más tu cabeza que lo que tienes entre las manos, pero poco a poco van ganando terreno los personajes, sus diálogos, las descripciones, cualquier cosa que sea capaz de matar la plaga que te habita estos días y carcome los fotogramas de un largometraje que nunca llegó a estrenarse por falta de presupuesto. O por falta de ilusión.

Mi padre me ha traído Rayuela, de Cortázar, que se puede leer como a uno le apetezca porque es un desagüe continuo de vaguedades, de nadas que en palabras de Cortázar parecen todos. Voy a refugiarme en las historias de (des)amor y (des)encuentros de Horacio y la Maga; dejaré que me adopten hasta que desatasquen mis cañerías. Me pasearé por el París de la pequeña Argentina caótica con la falda nueva de lunares. 

viernes, 24 de mayo de 2013

"Mi apurado y pequeño ababol..."

Una de mis tantas tardes improductivas caí en un tumblr - palabro que todavía no sé cómo se pronuncia  - que rebloggeaba fotos a páginas amarillentas de poemas breves pero concentrados, como he aprendido en Literatura Comparada en una de mis pocas mañanas productivas. Me chocó un poema, que, si mal no recuerdo, rezaba:

"Me ahogo en un vaso de agua. 
Pero me ahogo."




Ababol apagado o fuera de cobertura.

sábado, 11 de mayo de 2013

Trayectoria circular

No me concentro porque es sábado y hace sol y hoy he leído que todo en el mundo tiene una trayectoria circular, que todo vuelve aunque haya cogido un tren dirección al fin del mundo. Que el miedo se pasa pero no para siempre, que la palabra infinito tiene límites circulares y es una mentira universal, igual que la palabra universo. Si Barcelona no fuera tan hostil cogería la bicicleta y me iría a comprar todos los libros que hablan de amor, pero de ese amor que vuelve siempre para matar a todos con la ironía del sinsentido.
Hoy me han dicho que el polen cuando se moja parece pintura y que con el pigmento de los árboles nos haremos una cabaña en el ciprés de un cementerio de muertos por amor. Pero no estamos aquí para hablar de algo que no conocemos.
Escribimos para sentir que hacemos algo (in)útil, para tener la ilusión de que vaciamos el infinito que da vueltas en nuestra cabeza y que encuentra  una calle sin salida en cada esquina que dobla.
Hoy me han dicho que cualquier ortografía pasada fue mujer mejor, pero yo no me lo creo, amor debería escribirse con h- porque entra sin hacer ruido y sale de un portazo haciendo eco en cada ventana. Pero no estamos aquí para hablar de algo que no conocemos.
Leemos porque tenemos la sensación de que de esa forma no nos faltan amigos, pero olvidamos que en cada libro hay varios enemigos.
Hoy he leído que el tiempo lo cura todo pero también he leído que todo vuelve y que el tango no se baila sólo una vez.
Me gustaría que en mi cama cupiera una maleta para viajar con todos los libros del mundo, pero pensándolo bien no los necesito porque las historias se escriben solas en cada costura de nuestro cuerpo.
Hoy me ha entrado hambre de letras pero he pensado que ya se calmará y que, de todas formas, la mejor manera de leer es releyendo. Releyendo y uniendo las pecas de Venus en una constelación infinita que en realidad no lo es tanto puesto que lleva el nombre de una sola estrella.
Hoy he oído que la gula es un pecado capital y la mejor absolución, leer hasta el infinito. 


domingo, 7 de abril de 2013

Cacahuetes encolados.


Jugaban con la despreocupación de los niños que todavía no tienen que hacer deberes en casa porque les había dado tiempo a acabar las tres restas y las dos multiplicaciones que la señorita les había mandado hacer en el cuaderno rojo. Algunos desafortunados sí que debían llevarse los deberes a casa porque se habían distraído jugando a hacerle agujeros a la goma en el rato que tenían para calcular las cinco operaciones de matemática elemental. Los pobres tendrían que sentarse en su escritorio diminuto para que al día siguiente optaran a un gomet verde en la casilla de deberes.
En cambio los que habían cumplido con su obligación académica jugarían toda la tarde con el helicóptero teledirigido, regalo del abuelo, perseguidos por sus incansables madres con el bocadillo de chorizo a medio empezar.
No se imaginaban que en una docena de años se verían frente a unos apuntes, probablemente ajenos, con mala caligrafía, intentando descifrar los misterios de la vida universitaria. Siendo niños no pensaban que la diversión tuviera límites porque infinito era la palabra preferida de todos. Hasta que se encontraran angustiados frente a una operación matemática con un ocho tumbado. Entonces no se acordarían del valor que adjudicaban a la eternidad cuando lo eterno consistía en ponerse una y otra vez el disfraz heredado de Campanilla o en construir un parque de atracciones con los Lego.
Pero lo que tampoco se imaginaban aquellos niños hechos de golosinas una vez a la semana y de tabletas de chocolate blanco Milkibar a la salida del colegio, era que la diversión cobraría otras dimensiones y tendría nuevas fronteras. Así, el que se angustia con sus deberes universitarios de matemáticas se acordará de aquel cuaderno rojo con cinco operaciones sencillas mientras se entretenga despegando la capa de cola blanca que ha dejado secar en la mano que no le sirve para integrar ni derivar. 
La diversión no cabe en la cáscara de un cacahuete, pero sí en la de un cacahuete tumbado.


miércoles, 20 de marzo de 2013


-          - ¿Te acuerdas de aquella noche en el pantano cuando tuve que meterme dentro de tu abrigo porque, aunque era a finales de julio, hacía un frío polar?
-         -  Me acuerdo. Llevabas el pelo recogido en la media coleta deshecha de siempre. Puede que llevaras una trenza de hilo, pero no me acuerdo. Sé que llevabas el abrigo de lana con cenefas y que temblabas.
-          - La trenza me la hice después, en uno de esos pueblos de la costa española con hormigón armado en primera línea de playa. Tuvimos una conversación segundos antes de que saliera aquella cantante de vestidito de terciopelo azul y pelo anaranjado. No lloré pero me faltó poco. Y a ti también.
-         -  …Recuerdo que hacía mucho frío.
-         -  El frío era yo. Ahora estoy segura. 

martes, 12 de marzo de 2013

Jo.



Me canso de descifrar la ironía de Larra y la aspiración del andaluz porque de todas formas hoy no estoy para pensar en las reglas del teatro o en el ceceo del sur. Tengo la cabeza apoyada al sol en un balcón de una calle estrecha en una casa pequeña pero acogedora en la que vivo con Nuria, aunque ella aún no lo sepa.
Me levanto de la silla y me adormilo entre las flores, y aparezco flotando como Ofelia en un charco de agua clara. Me tumbo pensando en las nubes que cubrirán el reflejo del cerezo en las pupilas de aquel día. Pienso que otras alas batirán, que los besos tendrán que ser de esquimal porque el frío helará los brotes de una primavera que no estaba a la vuelta de la esquina.
Que otra se ponga un vestido blanco por mí; esta vez quiero viajar desnuda  para que con suerte el firmamento haga de mis lunares una constelación sin nombre.


Yo sólo vivir con Nuria en un piso de la Barcelona que aprendemos a inventar a fuerza de saltar  y saltar. 


martes, 5 de marzo de 2013

Si supiera dibujar haría un dibujo de este fin de semana. Dibujaría las manos de Celia y el ombligo de Pere. También pintaría un atardecer y una tarta de manzana. Pero no se me da bien, así que intento poner en palabras los nervios de camino a la estación, las náuseas al comer pasta precocinada, el esfuerzo de ahogar un jadeo, la satisfacción de pasear bajo el sol de Barcelona, la tremenda felicidad de comer un helado de regaliz, los escalofríos de estar arropada en el balcón de Vinçon, el frío esperando al bus en lo alto de Montjuic, la pereza de volver caminando desde María Cristina de madrugada, el sueño de las mañanas, el buen rollo de los domingos en el Parc Güell, el sabor de la lasaña compartida, la sensación de vértigo a todas horas, el medio que te tengo. Y lo bien que me lo he pasado este fin de semana. 




Me he comprado unas acuarelas y un pincel. Prometo aprender a dibujar. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Más donde agarrar.

     Estoy merendando un café de chocolate blanco coronado con diez kilos de nata y una magdalena gigante de vainilla con pepitas de chocolate porque ME GUSTA TENER CURVAS.
Hoy sí, hoy me gusta mi culo de pito, mi talla 95 de pecho y mis enormes caderas. 
     Tengo la regla y me merezco un homenaje por ser mujer. 
      Alabo a los productores de la serie Girls por cederle el protagonismo a Hannah, la chica rellenita que no es una belleza pero es guapa a su manera, y se desnuda antes las cámaras como quien se quita un zapato. Por fin un cuerpo imperfecto en una serie de sexo sin tapujos. Por fin una Hannah Horvath que no es una Carrie Bradshow esquelética y chupada. 
Qué bien sienta que sea Hannah Banana, la escritora en proceso de cocción, la que les lleve la delantera en todo a las otras tres preciosidades de la serie. 
¡Y qué buena está la magdalena!
     Bienvenidas sean todas las curvas. Como dice Pere "más donde agarrar". 

domingo, 17 de febrero de 2013

Nunca he sabido montar en bici.


Hay historias que sólo se pueden escribir en el ordenador porque desde la cama y la ventana se ve Barcelona y los bolígrafos quedan muy lejos en la mesa. La habitación es diminuta pero no quiero levantarme y arriesgarme a perderme el vuelo de un pájaro sobre los tejados rojos de la ciudad condal. Además, los altavoces están conectados y la guitarra española me está tocando una sardana que dice notemuevas,quédate. El día ha amanecido gris, pero las chimeneas siguen lanzando destellos a las nubes en ese tonteo que se traen de cielo a suelo. Hace días que desaprendí a escribir,  y esta no va a ser la tarde en que lo recupere. Esto no es como fumar, que nunca se olvida. Al fin y al cabo nunca supe montar en bici. Pero de momento lo retomo, recorto letras en los periódicos y las pego como puedo a cualquier papel. Aquí las coso a la pantalla blanca del ordenador y pienso que ya volverán las letras a las palmas de mis manos, a brotar de las líneas cuyo significado nunca quise saber por miedo a que contaran algo malo.

Ayer me compré una foto en formato Polaroid. He desaprendido a escribir, pero no a mirar. 


jueves, 31 de enero de 2013



Lo raro de llegar a Zaragoza y ver todo raro. Y de sentirse rara. Y de que la nevera esté vacía. Y Celia de exámenes. Y Pablo agobiado. Y mis padres en Francia. Mi hermana en Bruselas. Y yo aquí, sola, con mi oso de peluche de toda la vida en el cuarto de paredes blancas con el cohete de Tintín. Lo raro de no escuchar ni un ruido y no necesitar tapones para dormir.
Lo raro de volver a echar de menos.
Lo raro de estar a gusto en Barcelona, por fin.
Lo raro de no querer salir de la cama en diez días.
Lo raro. Lo de siempre. 

martes, 29 de enero de 2013

Instrucciones para fumar.


Fúmame. No necesitas que te lo explique porque llevas meses liándome a caladas. Pero, Cortázar me enseñó a explicarlo todo y aquí tienes las instrucciones para fumar:
 Fúmame. Agarra el papel de liar y envuelve cada una de mis costillas mientras das con la otra mano forma al tabaco de mis caderas. Trenza los hilos oscuros de mis pecas y  une mis lunares. No quiero ser tu constelación.
Yo sólo quiero que me fumes. Que aspires el aliento de mi boca y eches el humo apuntando entre mis piernas. Refúgiate en mis pulmones, si quieres, pero ponte botas de agua porque soy como la pez. Encharcada hasta la campanilla de mi falsa nicotina.
Pásale la lengua al pegamento que vela mis pestañas para sellarlas y dejarme ver. Chupa el rabillo de estos ojos negros de carbón. Confieso que le vendí el alma al diablo a cambio de un cartón.
Juega con el alma del veneno que perfila tus orejas en el eco de un beso sordo. Y escúchame.
Que calcinas mi cintura con el alquitrán de tus falanges y erizas la planta de mis pies con los dedos que sostienen el cigarro. Ese cigarro que soy yo.
Aprende a calzarme los zapatos y a desmentir los cordones; yo voy remendando mis costuras a la luz de la farola. Apaga el radiador, que nos sobra mechero y me tragaré toda tu ceniza.







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Y voy a arrancarme los ojos, dártelos 
que veas como yo veo
Oscuro cuando te vas 
y negro cuando te tengo 





domingo, 27 de enero de 2013

La angustia de acostarte sabiendo lo que vas a soñar.



Hoy es uno de esos días en que me mordería un limón. O le echaría sal a las heridas para que picaran aún más.





Voy a firmar como Pantera. 

jueves, 17 de enero de 2013

"Me despierto con unas ganas tremendas de llorar, pero como tengo mucho trabajo decido que ya lloraré más tarde."




Y así, todos los días de esta semana. Y de la siguiente. Hasta que vuelva a casa. 

Me asustan muchísimo las personas que no parecen estrechar vínculos conmigo. No sé si es producto de mi cabeza loca o es que realmente la gente ha dejado de apegarse a las cosas.
Yo la primera, lo sé. Pero me da más  garrampa notarlo en los demás porque en mí misma no lo siento tanto.
Me da miedo no llegar jamás a dejar huella en la vida de las personas que me cruce en el camino, y quizás por eso me ofende cada día más ver que escribo con un boli de tinta seca en vuestra piel. Lo que no voy a hacer es clavaros la punta. Eso no.

“No sé si el mundo está al revés o soy la que está cabeza abajo.”

martes, 15 de enero de 2013


Je venais juste de manger une madeleine au chocolat quand j’ai décidé de prendre le réglisse que m’avais apporté Philippe de chez son frère. Du bâton de réglisse. J’adorais le promener dans ma bouche et savourer le goût de mon enfance, et de celle de ma sœur, qui était devenue réglisse-dépendante.  J’ai allumé les minuscules ampoules de Noël, qui étaient restées depuis deux ans et qui conféraient à la chambre un air de rêve de fées qui me faisait sentir comme chez moi et en même temps très loin, là où les fleurs poussent dans les murs et les sourires ne sont pas en plastique.
J’avais besoin d’un verre de fantaisie liquide, d’une paire d’ailes de papillon et que quelqu’un me brosse les cheveux pour après les couper avec un ciseau rouillé.






(Tengo una exposición oral en francés y necesitaba practicar con el idioma. Estoy igual de oxidada que las tijeras.)


lunes, 14 de enero de 2013

domingo, 13 de enero de 2013

Diario de carretera

Cuando Pere me habló de la desazón que te hace sentir vacío cuando terminas de leer un libro que te había atrapado, hacía muchos meses que yo no encontraba una novela de este tipo. Hasta hoy. Qué vacía me ha dejado Un asunto de honor, de Arturo Pérez Reverte. Todavía no he podido moverme de la cama desde la que he asistido a una de las noches más largas de mi vida y desde donde he visto amanecer, con los pies en el mar de Tarifa. 
     Hacía mucho tiempo que una historia de amor no me conmovía tanto como la de Manolo y Trocito. 
Confieso que ayer cuando me escapé de propio a la librería más cercana para saciar mi sed de letras impresas estuve buen rato buscando una historia de amor, cuanto más empalagosa mejor.  Acabé cansándome de recorrer con el dedo índice y la cabeza torcida las mismas estanterías mil veces persiguiendo una novela de amor fácil; entonces recordé que Pere me había hablado de Un asunto de honor (Hay que ver lo guapo que es Reverte, ¿verdad, Pere?). La cogí, la pagué y de vuelta a la residencia leí la sinopsis: 


 "María, la niña virgen que quiere conocer el mar; Manolo el camionero perdedor a la vez que tierno, y el malvado portugués Almeida, que no puede dejar de cumplir una promesa."



No era aquello lo que me apetecía, pero la devoraría de todas formas porque no tenía una opción más tentadora. 
Y menos mal que la he devorado, porque ha calmado mi hambre de libros y es exactamente la historia de amor que yo quería. 

Me voy al mar. 


"Érase una vez un yogurcito dulce por fuera y un camionero tierno por dentro que se enamora de ella y se la lleva sabiendo que el precio va a ser condenadamente alto."



viernes, 11 de enero de 2013

LA HUMILDAD ES UNA VIRTUD QUE YA NO SE ESTÁ DE MODA


No entiendo ese afán por echarse flores a uno mismo. De verdad que no lo entiendo. Hace una semana en la clase de castellano oral la profesora me dijo que la humildad es una retórica. Y yo digo que es una virtud que ya no está de moda.
Que manía tiene todo el mundo con venderse a sí mismo como si alguien fuera a comprarlo. No somos aparatos eletrónicos con mil prestaciones que haya que enumerar. La vida no es un escaparate de personas que lleven una etiqueta en el tobillo en la que aparecen todas nuestras “ventajas”.
Qué vicio tienen muchos por utilizar frases que siempre comienzan por “yo”:
           -  Yo sé cocinar.
           -   A mí es que me encanta pintar.
           -    Yo hago fotos con mi réflex  (en modo automático, por supuesto)
           - Yo es que combino treinta carreras universitarias con el conservatorio de piano, la escuela de idiomas y el equipo de atletismo.

¿Y quién estudia en  la escuela de la vida? Al fin y al cabo es la única que sirve y que acepta a todos sin prejuicios.  A todos menos a los que no conocen la humildad, ésos necesitan años de otro tipo de escuela. Y una abuela que les diga lo guapos y listos que son para que ellos tengan menos tarea resaltando cada una de sus cualidades. 

Aprended a vivir con lo que lleváis puesto y no carguéis con virtudes que no os pertenecen, que las flores que os echáis se acaban marchitando y os quedaréis con el tallo y las espinas nada más. 


Hoy ni soy humilde ni estoy de buen humor, ya me perdonaréis. 

jueves, 3 de enero de 2013

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Mariposa y Amapola en París


Como si el casco viejo fuera un barrio secreto de París, las recorrían de puta a punta y en diagonal, perdiéndose y fingiendo que no conocían aquel entramado de calles al que volvían cada tarde de invierno, y de verano. Les bastaba con imaginarse que estaban en la ciudad del amor y que a la vuelta de la esquina se encontrarían con la orilla del Sena plagada de bouquinistes para escapar de la realidad en la que les había tocado vivir. Al fin y al cabo no era tan mala solución, eran expertas en soñar despiertas y convertir los edificios que conocían de memoria en otros que habían visto en las películas francesas de los canales de televisión que nadie conocía. Menos mal de aquella quichería que habían abierto hacía un par de años en alguna de esas callejuelas colmadas de alcantarillas desbordantes y olor a viernes de madrugada. Les encantaba aquel bistrot de nombre ingenioso regentado por un francés tan elegante como afeminado. Adoraban la puerta corredera de color rosa del baño y el chocolate del brownie que se permitían pagar una vez cada muchos paseos parisinos en la ciudad del viento. Se pintaban los labios con carmín rojo, con los bordes salidos para hacer el decorado más creíble. Se creían muy mayores pero no dejaban de ser dos niñas que no querían crecer. La idea de cumplir 19 años las amargaba desde hacía semanas y mientras una quería volver a los 18, la otra soñaba con tener 17 de nuevo. Eran tan iguales y tan distintas a la vez que la mezcla parecía sacada de un cuento. El tipo de personajes que Rébecca Dautremer habría dibujado para uno de sus cuentos de ensueño. Y sin embargo eran de carne y hueso y de culo considerable. Pero paseaban con la elegancia de los erizos parisinos que esconden un secreto bajo cada una de las púas, contoneando las caderas, saltando fronteras imaginarias sin pasaporte. 


miércoles, 2 de enero de 2013

Así es el cuaderno que Celia me ha regalado para empezar bien el año.  Es de Paguí de la Fgans.

Propósitos de Año Nuevo


Año nuevo, cuaderno nuevo, aunque aún me queden unos diez por empezar en la estantería (cosas de coleccionarlos).
Voy a escribir con lápiz por si acaso me equivoco y tengo que borrar; así me aseguro de que no ensucio la hoja con tinta corrida. Ya hice bastantes tachones en el 2012. El año pasado.
Con toda mi buena fe he escrito una lista de buenos propósitos para este año que arranca:

« Escribir más historias y menos sobre mí
« Aprender a ver el vaso medio lleno
« Hacer algo con mi pelo
« Aprender a confeccionar mi propia ropa
« Conseguir un traje estilo Charleston
« Leer mucho más
« Completar mi Moleskine gigante
« Hacerme un tatuaje con Celia
« Sonreír más a menudo
« Cambiarme de lentillas cada mes
« Aprender a tricotar
« Aprender a bailar tango
« Desenfadarme con el mundo y conmigo misma
« Tener más conciencia humanitaria o comoquieraquesediga
« Discutir menos con mi familia
« Hacer al menos un Skype con Celia
« Viajar a un país nórdico
« Llamar a mis abuelas más a menudo
« Aprender a cocinar bizcochos
« Estudiar más
« Hacer muchas más fotografías
« Olvidar a muchas persona para poder disfrutar de otras tantas
« Meter a Leo de una vez en la caja de zapatos debajo de la cama
« Hacer algún tipo de voluntariado
« Aprender algo de catalán
« Ordenar la habitación de Barcelona
« Dejar de mentirme a mí misma
« Mover el culo para hacer cosas que me interesan y que hasta ahora no he hecho por pura pereza
« Ver un montón de películas
« Ir a visitar a Javi a Londres
« Llorar menos


¿Ya o qué?



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