sábado, 10 de agosto de 2013


Aunque no subo mucho, por no decir nada, y aunque proteste por las casi tres horas de curvas angostas esculpidas en las gargantas, me gusta estar aquí refugiada. Siempre digo que cuando llego a Zaragoza me siento protegida, pero todavía lo estoy más entre estas paredes de piedra que conservan el frío del invierno y me obligan a ponerme tres sudaderas y una manta a la una de la tarde. Esta aldea, con una treintena de casas, abandonadas la mayoría, es un refugio para mí, una suerte de caja de cerillas acogedora y diminuta pero al mismo tiempo infinita en sus paisajes de 360 grados, verde hasta la saciedad y auténtica sobre todas las demás cualidades. No quiero que esto parezca una guía de viajes, nunca he vendido mi pueblo como un paraíso de vacaciones; todo lo contrario, siempre he tenido alguna pega porque lo cierto es que el viaje es incómodo y que aquí no hay mucho aliciente para alguien de mi edad; ojalá me gustara más caminar por la montaña o esquiar pero son dos actividades a las que he ido cogiendo manía o miedo, no lo sé. Aun así, me gusta subir a este montículo del Solano, a estar tapada en el nuevo sofá rojo que mis padres han comprado para el salón, frente a la chimenea que ahora luce apagada y escobada pero que en invierno se convierte en el calor sempiterno de las reuniones nocturnas con paellas de conejo y jabalí al chocolate. Cuántas veces me he relamido comiendo los manjares que cazan los gemelos y que después Carmen cocina con todo el amor y la sabiduría de las gentes del Valle. Gran parte de mis recuerdos están guardados en el costurero de madera al lado del tocadiscos que hace girar la banda sonora de una vida que se me escapa poco a poco como agua entre los dedos. Agua, la del grifo de esta casa, la de la fuente del El Run, la de las cascadas que aparecen en la carretera de camino a los Llanos y que sabe a gloria fresca y purísima del Pirineo. Aunque  lo que de verdad sabe a vida aquí es la leche de las vacas, recién ordeñada y hervida, calentita y con sabor a Gabás, la cura de todos los males.
Lamento no haber subido más a menudo, pero confieso que me suelo aburrir a las pocas horas de llegar, aunque luego cuando me vaya me dé por echar de menos la autenticidad del Pirineo aragonés, el poder ponerme abrigos de lana gorda por las noches mientras en Zaragoza mis padres discuten por el aire acondicionado. Además, en la ciudad no se ven las lágrimas de San Lorenzo como las vimos ayer de madrugada, arrullados por el torrente del lavadero, que este año baja con más fuerza que nunca; con las manos y la nariz rojas de frío y la oscuridad de los chopos altísimos que tienen la suerte de poder atrapar las estrellas fugaces en sus copas los días cercanos a Santa Clara. Nunca he visto cielo igual al de este pueblo tallado en piedra, que huele en invierno a leña y a nieve recién caída, y en verano a hierba y agua helada.


Me alegro de haber crecido en Zaragoza, esa ciudad de la que tanto me quejo pero que sabe arroparnos con una familiaridad que Barcelona no tiene. Y me alegro de que mis padres no escogieran comprar una segunda residencia en la Costa Dorada, como muchos de los aragoneses que prefieren la playa a este paraíso de montaña que nosotros elegimos o que no eligió a nosotros más bien. No cambio las Navidades en torno a la chimenea ni los veranos en la era por ninguna playa mediterránea. Las montañas son eternas y protectoras y yo seguiré subiendo, de tanto en cuando, a verlas desafiar los cielos con sus cimas imposibles, y a empacharme por comer frambuesas de la mata del huerto de Carmen.



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