viernes, 23 de agosto de 2013

Anna & Jacob

Lo cierto es que estaba asustada, más que eso, aterrada, si hubiera una palabra con un grado superior la utilizaría, pero no se le ocurría otro adjetivo más fuerte. Se le había enredado a las costillas como la hiedra trepadora de la casa con jardín en la que vivía desde siempre, y seguía reptando por cada hueso y cada cachito de piel libre, colonizando y oprimiendo su estómago lleno de marisoplas de colores. No podía comer, la planta había obstruido cada uno de sus canales, por los que ahora navegaban los barquitos que una tarde construyó con las manos de abuela que él decía que tenía, creyéndose astillera del papel. Lo cierto es que hasta las películas más insignificantes le afectaban, creía verse reflejada en los personajes de cualquier trama, fuera del género que fuese; siempre le había tenido miedo a los espejos pero en aquel momento de su vida todavía más porque la calle era un espejo, la televisión era un espejo, el cristal de las gafas de Celia eran un espejo al que no quería enfrentarse, y sin embargo. No quería ser como todo lo que deambulaba ante sus retinas algo estropeadas, quería la vida que circulaba una y otra vez en las angustiosas noches que pasaba sin dormir desde hacía varios meses, desde el momento en que supo que a partir de entonces iba a ser así, a destiempo y a deshora. A deslugar. Porque en realidad siempre se habían querido a destiempo y a deshora, pero el último des la estaba matando. Llevaba semanas tratando de convencerse, de hacerse más fuerte de lo que había sido en toda su vida, de hacer de tripas corazón y sacar la hiedra que oprimía sus entrañas y hacerse una corona con las hojas, hacerse un cicatriz, una herida de esa guerra entre el quiero y el puedo en el que ambos vencieran por igual. Pero la realidad era que en su bolso no faltaban nunca las bolsitas de tila.


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