Lo cierto es que estaba asustada, más que
eso, aterrada, si hubiera una palabra con un grado superior la utilizaría, pero
no se le ocurría otro adjetivo más fuerte. Se le había enredado a las costillas
como la hiedra trepadora de la casa con jardín en la que vivía desde siempre, y
seguía reptando por cada hueso y cada cachito de piel libre, colonizando y
oprimiendo su estómago lleno de marisoplas de colores. No podía comer, la
planta había obstruido cada uno de sus canales, por los que ahora navegaban los
barquitos que una tarde construyó con las manos de abuela que él decía que
tenía, creyéndose astillera del papel. Lo cierto es que hasta las películas más
insignificantes le afectaban, creía verse reflejada en los personajes de
cualquier trama, fuera del género que fuese; siempre le había tenido miedo a
los espejos pero en aquel momento de su vida todavía más porque la calle era un
espejo, la televisión era un espejo, el cristal de las gafas de Celia eran un
espejo al que no quería enfrentarse, y sin embargo. No quería ser como todo lo
que deambulaba ante sus retinas algo estropeadas, quería la vida que circulaba
una y otra vez en las angustiosas noches que pasaba sin dormir desde hacía
varios meses, desde el momento en que supo que a partir de entonces iba a ser
así, a destiempo y a deshora. A deslugar. Porque en realidad siempre se habían
querido a destiempo y a deshora, pero el último des la estaba matando. Llevaba semanas tratando de convencerse, de
hacerse más fuerte de lo que había sido en toda su vida, de hacer de tripas
corazón y sacar la hiedra que oprimía sus entrañas y hacerse una corona con las
hojas, hacerse un cicatriz, una herida de esa guerra entre el quiero y el puedo
en el que ambos vencieran por igual. Pero la realidad era que en su bolso no
faltaban nunca las bolsitas de tila.

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