Pero no sé si es sólo el hecho de montar en uno de esos cacharros tan grandes y avanzar en el aire, o ya viene de antes, desde que piso el aeropuerto. Odio los aeropuertos con toda mi alma, no porque sean la antesala de un vuelo que se me antoja siempre apocalíptico sino porque me producen una incómoda sensación de pena mezclada con la espesa turbiedad de la nostalgia y una pizca generosa de amargor. Se me rompe un poquito el alma cada vez que paso el control de seguridad y aparece, como un hormiguero gris, el pasillo eterno y las salas de embarque llenas de viajeros extraviados que seguramente tienen el mismo miedo que yo.
Los peores son los que tienen cientos de tiendas de Duty Free con arsenales de colonias y recuerdos de ciudades que ni siquiera se corresponden con la del propio aeropuerto. Se me revuelve el estómago cada vez que tengo que atravesar esos puestos tan deprimentes y tan iluminados al mismo tiempo.
Y cuando por fin parece que puedo tener un momento de evasión y me siento en uno de los bancos corridos, cierro los ojos para no ver y me enchufo la música, empiezan a hablar por la megafonía en un inglés castellanizado llamando al último pasajero de un vuelo que siempre va a Copenhague o a Estambul. Entonces lo único que me apetece es levantarme y dejarme la voz gritando que Pascual Antón no va a aparecer porque le da miedo volar, pero todavía le dan más miedo los aeropuertos.
A la melancolía hay que ayudarla, por eso he decidido esperar a que den las dos en el aeropuerto de Barcelona en lugar de en el centro de la ciudad. Y por eso he puesto a Norah Jones mientras escribo esto y veo despegar varios aviones. Quizás estoy alimentando una nostalgia infundada, pero igual compensa sentarse en un banco a mirar pasar a los viajeros con la sonrisa perenne y la impaciencia de quien sabe que en pocas horas pisará un suelo distinto.
Yo me voy a pisar el mío. Me voy a casa.
Miércoles, 31 de julio de 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Paseos compartidos.