jueves, 4 de diciembre de 2014

Exiliados de mí

Hoy no vengo a hablar de mi exilio francés. Hoy vengo a hablar de los exiliados. De mis amigos exiliados. 
La suerte ha querido que mis medias naranjas, y lo digo en plural porque tengo la fortuna de tener más de una, sean escurridizas. La suerte quiso que las conociera y se conectaran a mí como por arte de magia y quiso que después se me escaparan, más tarde o más temprano, más cerca o más lejos. El caso es que se me exiliaron, haciendo más pesada el ancla que me tiene amarradita a esta tierra que siento mía y no lo es. Hablo de España, no de Francia. Quizás intentaban decirme que mi sitio, como el de ellos, está en cualquier otra parte, y que también yo puedo ser ciudadana del mundo, hija de un planeta que nos tiene reservados a cada uno uno o varios lugares de exilio voluntario. Porque son exiliados por voluntad, no por obligación. Algunos, aunque me cueste creerlo, fueron exiliados cuando yo los conocí y si están lejos es porque han vuelto a su suelo natal. Pero para mí siguen siendo exiliados, exiliados de mí.
Hace diez meses Lena se montaba en un avión a Alemania, acababa su exilio más que voluntario en Barcelona, donde habíamos conectado a través del baile y de los bizcochos.
Hace medio año Miguel me despedía en la Plaza de la Revolución porque su exilio también buscado llegaba a su fin, con mucho pesar porque se sentía más de aquí que de allá a veces. Pero su Quito natal lo llamó para llenar las páginas de los periódicos de sus reconfortadoras palabras, que por suerte me llegan a mí a pesar del agua que nos separa.
Hace dos meses lloraba al contarle a Leo que Amaranta, a la que conocía desde apenas unos días, se regresaba a México a cuidar de los atardeceres en Cancún. Ahora tengo la oportunidad de tener mi móvil repleto de fotos de playas de arena blanca y agua transparente.
Hace unos minutos, mi alma gemela aparecía en la pantalla del ordenador contándome su feliz exilio en Viena y sus próximos proyectos de exilio al otro lado del gran charco. Lo malo, y lo bueno también, de mi amistad con Bea es que es una amistad basada en la condena de echarse de menos cada día.
Lo volátil es bonito. Lena, Miguel, Amaranta y, sobre todo, Beatriz son volátiles. Son bonitos.
Os echo de menos.
Guardadme el exilio.




jueves, 13 de noviembre de 2014

Escritos sobre el exilio II

¿Qué derecho me da un exilio voluntario a quejarme? No debería llamarlo exilio, sino cambio de aires buscado. Pero ay, qué lástima cuando te das cuenta de que la dirección del aire que quisiste cambiar no es la adecuada: ¡debiste mirar antes la lista de los vientos! Es un error imperdonable viniendo de alguien que nació en La Ciudad del Viento: Zaragoza, peninsularmente conocida por su cierzo helador.
De cualquier forma, no me queda más remedio que llevarme bien con el exilio buscado, el aire nuevo y el frío polar de Toulouse. Me quedará siempre el consuelo de saber que estas cartas atravesarán el charco Atlántico para ir a parar al ecuador de la tierra: a la bandeja de entrada de Miguel.
En un nudo enmarañado de averías, dificultades para adaptarse y lloros diarios, hoy tengo dos buenas nuevas: la calefacción funciona y la lavadora también. No tendré que ir por casa como si fuera a la guerra en Siberia. Se acabó el tener que contar las bragas para saber cuántas me quedan antes de tener que ir, obligatoriamente si quiero seguir estando en la reducida lista de humanos que se preocupan por su higiene, a la lavandería de la calle. Qué paradoja, pues estos antros con cinco o seis lavadoras son todo menos higiénicos. En fin, a todo se acostumbra uno cuando vive solo sin una madre que eche suavizante con perfume de casa a la ropa.
El caso, y eso es lo que importa, es que la espera ha valido la pena y Celia y yo formamos parte ya del colectivo de personas normales. Todo apunta a que sobrevviremos en el apartamento sin morir congeladas o enterradas bajo calcetines mutantes y sábanas babeadas.





martes, 4 de noviembre de 2014

Descanso de Toulouse, I

     He estado una semana en Zaragoza aprovechando las vacaciones de Todos los Santos que nos dan en Francia. He estado en Zaragoza y me he sentido como una hojita de árbol. Ahora que llega el otoño, o el invierno en según qué ciudades, ahora que el frío empieza a colarse por debajito de la puerta y a través de las ventanas de chichinabo que tenemos en casa, me siento como una hoja diminuta caída de un árbol. Sentada en una esquina de la clase amarilla de baile, impedida por el catarro anual que me llena la cabeza de mocos, me eché a llorar viendo a mis antiguas compañeras bailar una música tierna como el algodón con una sola consigna repetida una y mil veces por Lis: sentid que sois hojas, que os lleva el viento por toda la sala. Bailar es tener sensaciones. Buscadlas.
Y me eché a llorar. Sentada en una esquinita, apocada entre los altavoces.

jueves, 16 de octubre de 2014

Toulouse, parte II

          El Erasmus es un bloque de arcilla para moldear. Claro está, no te lo dicen antes de que lo pidas y cuando rellenas los formularios no tienes ni idea de que lo que estás solicitando es en realidad un trozo de barro seco. Cuando te lo conceden, no lo sabes todavía. Te das cuenta una vez que llegas, cuando ya no hay marcha atrás. Las maletas pesan mucho, pero no es por la ropa ni por los paquetes de jamón serrano envasados al vacío que tu madre te ha metido entre los calcetines de invierno y las bragas de regla. Es porque llevas arcilla, un gran bloque de arcilla sin forma. Eso es el Erasmus: apañártelas con lo que te dan y transformarlo en algo mejor. Al principio parece más difícil de lo que en realidad es. La pasta sigue dura, no sabes muy bien cómo ablandarla, temes mojarla demasiado por no derretirla del todo... mancha las manos. Y encima te quita el edredón por las noches. 
Pero, como con todo lo demás, te acabas acostumbrando, la vas conociendo como el escultor conoce su piedra. Escuchas las historias que te cuenta por las noches y haces caso de los consejos que da por el día. Y poco a poco, sin darte casi cuenta, como cuando de repente sabes hacer una tortilla sin que tu madre esté al lado para corregir las trapisondas culinarias, el bloque duro y seco del principio se reblandece, muy lentamente. Basta con humedecerlo apenas un poquito cada noche, con un vasito de agua tibia, la leche caliente que ha sobrado del café, alguna lagrimilla que derramas en la almohada. El Erasmus es una arcilla agradecida, sólo hay que cogerle confianza y dejar que ella te la coja a ti. El resto sale solo. Es un juego de niños. 


         

sábado, 11 de octubre de 2014

Toulouse. Parte I

          Hace 21 días estaba en Barcelona comiendo gazpacho y tostas de pan con queso en la cama de Nuria mientras veíamos uno, dos o tres capítulos de Sexo en Nueva York antes de tener que reordenar la maleta para encontrarme con Celia en Sants. A las 18h24 arrancaba el tren rumbo a Toulouse, donde vamos a estar este curso de Erasmus. 
La semana de antes la única que pregunta que me hacía todo el mundo era si tenía ganas. Yo contestaba siempre lo mismo: entre sí y no. Sí, porque Jaime está aquí y Celia se viene conmigo a una casa preciosa de techos altísimos y parqué viejo de los que crujen. Había visitado la ciudad dos o tres veces y me había gustado mucho, por su tamaño, por la agitación cultural, por las bicis, y por supuesto por las panaderías con un surtido de bollería artesana que ni en sueños podía haber imaginado. No, porque no. Porque odio los comienzos, y este supone el segundo después de un comienzo de dos años en Barcelona, a la que por fin me había acostumbrado sin darme cuenta. 
De cualquier forma, no había manera de recular y aquí estoy. Tengo una habitación maravillosa, con una cama casi cuadrada y una ventana de dos metros que da al balconcito, donde hemos puesto una planta de flores diminutas moradas y un ciclamen blanco al lado de uno de esos molinillos de viento de colores. Claro que aquí no gira tanto como lo haría en Zaragoza.
          Me siento en la obligación de contarla la verdad al mundo estudiante: el Erasmus no es salir de fiesta día sí, día también, Al menos no las primeras semanas. Erasmus es que tu coordinador de estudios decida desintegrarse en el momento justo en que debes hacer el mayor papeleo académico de tu vida. Erasmus es no tener piso la primera semana y mendigar un sofá o una cama, no tener cuenta bancaria y, por tanto, no tener móvil, wifi, teléfono fijo, televisión, gas, agua, luz ni lavadora. Aforutnadamente, las cosas van avanzando, aunque lentamente, y ya tenemos un contrato de agua y gas, wifi y tarjeta SIM francesa. Lo demás irá llegando. 
         Otra cosa que nos falta, y que echo de menos, es tener amigos con los que compartir un café por las tardes o un baile por las noches. Tengo poca paciencia para los comienzos, y los franceses pocas dotes sociales. Mala combinación. Tuve la suerte de conocer uno de los primeros días a una chica mexicana: se llama Amaranta y supe desde que me dijo su nombre que iba a convertirse en alguien muy especial, Y he tenido la mala suerte de que se vuelve a México. Mala combinación, de nuevo. 
        Admito que estoy bastante apagada, pero no todo es malo. Toulouse me gusta mucho y hay millones de actividades culturales cada día (exposiciones, películas, teatros, conciertos, música en la calle...): hace dos días fui a ver a Almudena Grandes (mi escritora preferida) al Instituto Cervantes (que está pegado a mi casa), vino a presentar su nueva novela Las tres bodas de Manolita. Fue un encuentro precioso y conseguí que me firmara un artículo suyo sobre una tarta de chocolate que encontré por casualidad en el libro de recetas de casa que me he traído para aprender a cocinar algo. 
        Las clases en la universidad no me gustan, pero eso no es nada nuevo, es mundialmente sabido por todos que mi carrera no me emociona. Pero, al menos he encontrado una asignatura que me encanta. Es una asignatura de historia del teatro que además se imparte en una sala preciosa al lado de mi casa, en pleno centro de Toulouse. El profesor es un apasionado del teatro y explica todo con ojos de niño curioso. A nosotros no nos queda más remedio que meternos en su juego y escucharle con sincero interés. 
          Estoy intentando llevar al día un diario de recortes con lo que hago aquí, es una manera de buscarle el lado positivo a unas semanas que están siendo duras. Creo que voy a intentar hacer lo mismo en el blog, aunque no cada día porque me conozco y la pereza me gana todos los pulsos. Quizás alguien lo lea y se alegre de saber de mí. 

          

sábado, 11 de enero de 2014

Me he montado en el tren porque he digerido mal Barcelona, me ha caído pesada en el estómago, y en general en el pecho y la garganta. Necesito que Zaragoza me arrope con su calor de madre incondicional, que me acune entre sus brazos de abuela mientras me cuenta alguna historia de cuando las calles eran de adoquines y había que subirse al tranvía en marcha. Necesito acurrucarme en el regazo templado de la ciudad pequeña y acogedora en la que nací y cuya familiaridad y tranquilizadora rutina no supe apreciar hasta después de haberme marchado. Es ahora cuando descubro que las calles desordenadas de Zaragoza son el mejor lugar para crecer, entre plataneros enormes en primavera y niebla espesa en invierno. Y es ahora cuando necesito que me arrulle el sonido del canal que hay a una calle de mi casa y el viento me mezca sin hacer preguntas. Por eso me he montado en el tren, para dejar, al menos por un fin de semana, la sensación de estar desarmada y protegerme entre las paredes llenas de libros, entre los abrazos de mamá y los sermones una y otra vez repetidos por mi padre, entre el té de después de comer y el café de media tarde, entre los apuntes de fonología de Celia, la barba naranja de Leo y la napolitana del domingo. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

LOS LUNES AL SOL DE UN OTOÑO EMBUSTERO




Vuelvo de la universidad, a una hora que depende de una decisión que tomo siempre con un café delante y medio estómago vacío. Bajo la misma calle de cada día, pero los lunes es más bonita, porque lo decido yo, porque se cuela el sol entre las ramas de los árboles que guardan las casas enfundados en su traje de noviembre caluroso.
Llego al parque, vuelvo la vista atrás para lamer el último rayo de un Lorenzo que cada día se acuesta antes en el jardín y subo por el ascensor, para qué mentir, hasta el cuarto piso, con prisa por pegarme a la ventana de mi cuarto para calentarme las manos en el cristal templado y cerrar los ojos rogando que me acaricie las pestañas un otoño embustero que no quiere verme con abrigo.
Bajo a comer, con poca hambre y mucha gula, y no lamo el plato de macarrones porque me parece que no es lo más apropiado, pero unto bien la salsa con el pan para que el plato quede limpio y así Regi no tenga que fregarlo.
Subo a la habitación, en el ascensor, para qué mentir, y me engaño a mí misma sentándome con decisión en la silla que he convertido en trono, con cara de voyaestudiarperonomelocreoniyo, así que me tumbo en la cama y en mi vida me he quedado dormida con tanta rapidez, y me despierto once horas después que en realidad han sido veinte minutos y que me han sabido a gloria, pero me quita el gusto un café mal hecho y la amargura de tener que estudiarahoradeverdaddelabuena.
Entro en conversaciones demasiado obtusas con Balzac, Zola, Emma, Isidorita y acabo dejando que Julián me hable de cosas más triviales, me invite a un cóctel que suena mejor que sabe a Agua del Carmen y se vaya tan rápido como ha llegado, como de costumbre.
Cojo el teléfono para que papá me dé algún consejo que seguramente no sabré aprovechar, pero hago ver que soy mayor y que entiendo todo. Entonces decido que mejor me voy a bailar que hay que pensar menos, pero se me ha olvidado merendar y los lunes Sarriá siempre huele a sopa. Hay luz en el ático azul de la plaza, pero dejo de soñar que vivo allí y entro en clase, muevo el culo como puedo mientras babeo por cómo lo mueven otros, salgo y bajo a cenar. Regi me quiere y me ha preparado una ensalada que sabe a algo parecido a casa.
Me ducho, salgo con el pelo mojado, me embadurno en crema y escribo esto.

Y me voy a dormir. Mañana más sol. 


miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Mañana me voy a casa!

La pereza de los lunes, la zalamería de los jueves y el bostezo de cada domingo por la tarde enganchadito al canto de los dientes. To run run run run run y la cuenta atrás para tocar chufa en casa y bailar descosida en la Fokin del viernes. Y si no es mucho pedir, enredarme en la cama con el león de peluche, y con el de verdad ya puestos. Dos capítulos de La Regenta y el doble de manualidades, blanco sobre blanco que me gusta más y el vídeo de los abuelos bailando, que es lunes y me pone de buen humor, por lo menos el rato que dura y el sabor de boca de después. Y como no quedaban frutas para mojar en el chocolate, un trozo de pan de molde con pepitas de negro auténtico con aceite y sal gorda, que sabe a gloria bendita y a calor en la garganta. Hoy he vuelto de la uni con muchas ganas de llorar pero como tengo mucho trabajo he pensado que lloraría más tarde, así que he esperado a acabar el capítulo XXI para ponerme a mojar un poco este lunes que se deshará en agua mañana para que yo pueda concentrarme mejor por eso de que las neuronas trabajan mejor con humedad aunque me lo acabe de inventar. A boy’s best friend is his mother y yo a la mía la echo de menos. Pero es lunes y mañana martes y pasado miércoles y al otro ya es jueves y mi casa me espera, y Celia también y Mancholas y mamá y la tata y papá y Leo y Sara y Elena. Y jo.  


lunes, 28 de octubre de 2013


        "Me despierto con unas ganas tremendas de llorar, pero como tengo mucho trabajo decido que ya lloraré más tarde."








Paula Bonet

martes, 15 de octubre de 2013

Confundían el amor con la costumbre y la rutina con la confianza. Y por eso creían que se querían, que estaban hasta las huesos el uno por el otro y que de aquí al fin del mundo y más allá también. Circulaban por la nacional porque era  más rápido, pero cada uno por su lado encontraba atascos en las carreteras secundarias y lo que llamaban puntualidad en realidad era prisa. No necesitaban mecánico que les arreglara pero la carrocería estaba llena de arañazos y el chapista cobraba caro a estas alturas. Así que preferían la comodidad a la certeza y la confusión a la verdad, porque de verdades ya sabían lo suficiente y no les convencía lo fácil. Lo complicado a lo seguro. No discutían, porque de mala sangre también sabían y era mejor así, la indiferencia por la argumentación. Elegían una película pero la televisión era testigo del aburrimiento de uno y de otro en hora punta, y testigo también de la ausencia de uno y después del otro. Y así caían las hojas de un calendario que compraron porque sí, porque era práctico aunque no bonito: la funcionalidad por la emoción. Los tomates más baratos por los de mejor sabor, el piso más viejo por el más acogedor, el vestido de su madre por el que la enamoró en aquella tienda. La amistad por el amor. Y el amor siempre por la vida.



domingo, 29 de septiembre de 2013

Jo

Queda inaugurada la temporada. La de debilitarse un poquito a propósito, la de inventar escusas, inventar culpas, y acabar culpando. La temporada de que el orgullo desequilibre la balanza que nunca ha sido balanza; me la dieron defectuosa en el mercadillo de piezas. Llegué tarde al reparto de emociones y me quedé con las más ariscas. Pero eh, que cada uno tiene sus taras, unos más acusadas que otros, pero al fin y al cabo. Las segundas partes nunca fueron buenas y yo digo que quiero conocer al sangre sucia que dijo esa frase y encima pretendió tener razón; las segundas partes son tan buenas como las primeras, me niego a que Barcelona se me resista un curso más, no le sale a cuenta a mis caderas tanta humedad. 
En mi nueva cama de matrimonio, con Otis Taylor y con Caetano Veloso - porque no hay que olvidar todo lo anterior - , con Hannah y su diario que no es un diario, con este blog que es un diario pero no es un diario. Y con una paciencia que aún no ha madurado, porque sólo hace dos semanas que duermo en otra habitación. En realidad soy como un girasol al que han trasplantado y que todavía tiene que echar raíces en suelo nuevo y encontrar el ángulo perfecto del sol. 
Dadme tiempo, por favor. 




viernes, 23 de agosto de 2013

Anna & Jacob

Lo cierto es que estaba asustada, más que eso, aterrada, si hubiera una palabra con un grado superior la utilizaría, pero no se le ocurría otro adjetivo más fuerte. Se le había enredado a las costillas como la hiedra trepadora de la casa con jardín en la que vivía desde siempre, y seguía reptando por cada hueso y cada cachito de piel libre, colonizando y oprimiendo su estómago lleno de marisoplas de colores. No podía comer, la planta había obstruido cada uno de sus canales, por los que ahora navegaban los barquitos que una tarde construyó con las manos de abuela que él decía que tenía, creyéndose astillera del papel. Lo cierto es que hasta las películas más insignificantes le afectaban, creía verse reflejada en los personajes de cualquier trama, fuera del género que fuese; siempre le había tenido miedo a los espejos pero en aquel momento de su vida todavía más porque la calle era un espejo, la televisión era un espejo, el cristal de las gafas de Celia eran un espejo al que no quería enfrentarse, y sin embargo. No quería ser como todo lo que deambulaba ante sus retinas algo estropeadas, quería la vida que circulaba una y otra vez en las angustiosas noches que pasaba sin dormir desde hacía varios meses, desde el momento en que supo que a partir de entonces iba a ser así, a destiempo y a deshora. A deslugar. Porque en realidad siempre se habían querido a destiempo y a deshora, pero el último des la estaba matando. Llevaba semanas tratando de convencerse, de hacerse más fuerte de lo que había sido en toda su vida, de hacer de tripas corazón y sacar la hiedra que oprimía sus entrañas y hacerse una corona con las hojas, hacerse un cicatriz, una herida de esa guerra entre el quiero y el puedo en el que ambos vencieran por igual. Pero la realidad era que en su bolso no faltaban nunca las bolsitas de tila.


sábado, 10 de agosto de 2013


Aunque no subo mucho, por no decir nada, y aunque proteste por las casi tres horas de curvas angostas esculpidas en las gargantas, me gusta estar aquí refugiada. Siempre digo que cuando llego a Zaragoza me siento protegida, pero todavía lo estoy más entre estas paredes de piedra que conservan el frío del invierno y me obligan a ponerme tres sudaderas y una manta a la una de la tarde. Esta aldea, con una treintena de casas, abandonadas la mayoría, es un refugio para mí, una suerte de caja de cerillas acogedora y diminuta pero al mismo tiempo infinita en sus paisajes de 360 grados, verde hasta la saciedad y auténtica sobre todas las demás cualidades. No quiero que esto parezca una guía de viajes, nunca he vendido mi pueblo como un paraíso de vacaciones; todo lo contrario, siempre he tenido alguna pega porque lo cierto es que el viaje es incómodo y que aquí no hay mucho aliciente para alguien de mi edad; ojalá me gustara más caminar por la montaña o esquiar pero son dos actividades a las que he ido cogiendo manía o miedo, no lo sé. Aun así, me gusta subir a este montículo del Solano, a estar tapada en el nuevo sofá rojo que mis padres han comprado para el salón, frente a la chimenea que ahora luce apagada y escobada pero que en invierno se convierte en el calor sempiterno de las reuniones nocturnas con paellas de conejo y jabalí al chocolate. Cuántas veces me he relamido comiendo los manjares que cazan los gemelos y que después Carmen cocina con todo el amor y la sabiduría de las gentes del Valle. Gran parte de mis recuerdos están guardados en el costurero de madera al lado del tocadiscos que hace girar la banda sonora de una vida que se me escapa poco a poco como agua entre los dedos. Agua, la del grifo de esta casa, la de la fuente del El Run, la de las cascadas que aparecen en la carretera de camino a los Llanos y que sabe a gloria fresca y purísima del Pirineo. Aunque  lo que de verdad sabe a vida aquí es la leche de las vacas, recién ordeñada y hervida, calentita y con sabor a Gabás, la cura de todos los males.
Lamento no haber subido más a menudo, pero confieso que me suelo aburrir a las pocas horas de llegar, aunque luego cuando me vaya me dé por echar de menos la autenticidad del Pirineo aragonés, el poder ponerme abrigos de lana gorda por las noches mientras en Zaragoza mis padres discuten por el aire acondicionado. Además, en la ciudad no se ven las lágrimas de San Lorenzo como las vimos ayer de madrugada, arrullados por el torrente del lavadero, que este año baja con más fuerza que nunca; con las manos y la nariz rojas de frío y la oscuridad de los chopos altísimos que tienen la suerte de poder atrapar las estrellas fugaces en sus copas los días cercanos a Santa Clara. Nunca he visto cielo igual al de este pueblo tallado en piedra, que huele en invierno a leña y a nieve recién caída, y en verano a hierba y agua helada.


Me alegro de haber crecido en Zaragoza, esa ciudad de la que tanto me quejo pero que sabe arroparnos con una familiaridad que Barcelona no tiene. Y me alegro de que mis padres no escogieran comprar una segunda residencia en la Costa Dorada, como muchos de los aragoneses que prefieren la playa a este paraíso de montaña que nosotros elegimos o que no eligió a nosotros más bien. No cambio las Navidades en torno a la chimenea ni los veranos en la era por ninguna playa mediterránea. Las montañas son eternas y protectoras y yo seguiré subiendo, de tanto en cuando, a verlas desafiar los cielos con sus cimas imposibles, y a empacharme por comer frambuesas de la mata del huerto de Carmen.



lunes, 5 de agosto de 2013

Me da pánico volar. Creo que todo el que me conoce ha tenido que escuchar la sarta de catástrofes que se me pasan por la cabeza cada vez que tengo que coger un avión. 
Pero no sé si es sólo el hecho de montar en uno de esos cacharros tan grandes y avanzar en el aire, o ya viene de antes, desde que piso el aeropuerto. Odio los aeropuertos con toda mi alma, no porque sean la antesala de un vuelo que se me antoja siempre apocalíptico sino porque me producen una incómoda sensación de pena mezclada con la espesa turbiedad de la nostalgia y una pizca generosa de amargor. Se me rompe un poquito el alma cada vez que paso el control de seguridad y aparece, como un hormiguero gris, el pasillo eterno y las salas de embarque llenas de viajeros extraviados que seguramente tienen el mismo miedo que yo.
Los peores son los que tienen cientos de tiendas de Duty Free con arsenales de colonias y recuerdos de ciudades que ni siquiera se corresponden con la del propio aeropuerto. Se me revuelve el estómago cada vez que tengo que atravesar esos puestos tan deprimentes y tan iluminados al mismo tiempo. 
 Y cuando por fin parece que puedo tener un momento de evasión y me siento en uno de los bancos corridos, cierro los ojos para no ver y me enchufo la música, empiezan a hablar por la megafonía en un inglés castellanizado llamando al último pasajero de un vuelo que siempre va a Copenhague o a Estambul. Entonces lo único que me apetece es levantarme y dejarme la voz gritando que Pascual Antón no va a aparecer porque le da miedo volar, pero todavía le dan más miedo los aeropuertos. 
A la melancolía hay que ayudarla, por eso he decidido esperar a que den las dos en el aeropuerto de Barcelona en lugar de en el centro de la ciudad. Y por eso he puesto a Norah Jones mientras escribo esto y veo despegar varios aviones. Quizás estoy alimentando una nostalgia infundada, pero igual compensa sentarse en un banco a mirar pasar a los viajeros con la sonrisa perenne y la impaciencia de quien sabe que en pocas horas pisará un suelo distinto. 
Yo me voy a pisar el mío. Me voy a casa. 

Miércoles, 31 de julio de 2013

Correo Viejo

He venido en tren, aliviada por no tener que aguantar el calor sofocante de las cuatro horas de autobús, y me ha recibido la despampanante Lena con la mejor de sus sonrisas y una compañera de piso también alemana pero con el mismo aspecto de gitana que yo y uno de los nombres más bonitos de la tradición griega: Sofía. Las tres formábamos un grupo peculiar que inclinaba la balanza hacia los colores oscuros, pero la angelical Lena se ha quedado con todas las miradas de la calle. 
Yo les he contado mil y una banalidades del verano en Zaragoza, y ellas las han escuchado con interés sincero. 
Después de comer un bocadillo y mancharme con un helado de regaliz, he decidido que dejaba a Lena y Sofía a su aire mediterráneo en el mar urbano que tanto las atrae; he preferido no acompañarlas en la tarea de derretirse pacientemente al sol en la arena de la Barceloneta. De vuelta por el gótico, pensando si volvía a al desenfreno de la estación o me quedaba vagabundeando por el centro de la ciudad, que a esa hora de la tarde perezosa no duerme la siesta por culpa del calor y los turistas, he optado por tratar de encontrar aquella plaza diminuta tan acogedora. Y la he encontrado, vaya que sí, aletargada por el sol que aún rasca la azotea de las casas que la delimitan tatuadas con graffitis variopintos y cubierta por una alfombra de polen verde. Aletargada pero invadida por la guitarra flamenca y la voz cascada de unos muchachos entrados ya en carnes que animaban el cotarro cantándole a una "mujer de pelo largo y negro y a su fuente de agua clara". Sin camiseta, y sin apenas dientes, consecuencia de las drogas me atrevo a decir, no hacían sino repetir lo felices que estaban después de cada canción. No puedo negarme a dejarles unas monedas encima de la guitarra remendada y tampoco puedo evitar sonreír a la fauna que devora Barcelona con una sonrisa desdentada y más gracia que un salero. 

Jueves, 25 de julio de 2013

jueves, 20 de junio de 2013

Creo que es importante refugiarse en los libros cuando hay tormentas como esta. Es necesario, más que importante. Es lo mejor que uno puede hacer cuando el café está amargo y la leche agria. Nada de pasear hasta el fin del mundo, ni de dormir eternamente; ninguna de esas cosas que se consideran panaceas lo son. El remedio es un libro lleno de letras que devorar y de historias ficticias que inunden cada hueco de la cabeza, quitando el sitio a las historias de la realidad. Puede que en las veinte primeras páginas no funcione, no es eficaz al segundo (no es la “purga Benito”, como dice mi madre). El comienzo es duro porque puede más tu cabeza que lo que tienes entre las manos, pero poco a poco van ganando terreno los personajes, sus diálogos, las descripciones, cualquier cosa que sea capaz de matar la plaga que te habita estos días y carcome los fotogramas de un largometraje que nunca llegó a estrenarse por falta de presupuesto. O por falta de ilusión.

Mi padre me ha traído Rayuela, de Cortázar, que se puede leer como a uno le apetezca porque es un desagüe continuo de vaguedades, de nadas que en palabras de Cortázar parecen todos. Voy a refugiarme en las historias de (des)amor y (des)encuentros de Horacio y la Maga; dejaré que me adopten hasta que desatasquen mis cañerías. Me pasearé por el París de la pequeña Argentina caótica con la falda nueva de lunares. 

viernes, 24 de mayo de 2013

"Mi apurado y pequeño ababol..."

Una de mis tantas tardes improductivas caí en un tumblr - palabro que todavía no sé cómo se pronuncia  - que rebloggeaba fotos a páginas amarillentas de poemas breves pero concentrados, como he aprendido en Literatura Comparada en una de mis pocas mañanas productivas. Me chocó un poema, que, si mal no recuerdo, rezaba:

"Me ahogo en un vaso de agua. 
Pero me ahogo."




Ababol apagado o fuera de cobertura.

sábado, 11 de mayo de 2013

Trayectoria circular

No me concentro porque es sábado y hace sol y hoy he leído que todo en el mundo tiene una trayectoria circular, que todo vuelve aunque haya cogido un tren dirección al fin del mundo. Que el miedo se pasa pero no para siempre, que la palabra infinito tiene límites circulares y es una mentira universal, igual que la palabra universo. Si Barcelona no fuera tan hostil cogería la bicicleta y me iría a comprar todos los libros que hablan de amor, pero de ese amor que vuelve siempre para matar a todos con la ironía del sinsentido.
Hoy me han dicho que el polen cuando se moja parece pintura y que con el pigmento de los árboles nos haremos una cabaña en el ciprés de un cementerio de muertos por amor. Pero no estamos aquí para hablar de algo que no conocemos.
Escribimos para sentir que hacemos algo (in)útil, para tener la ilusión de que vaciamos el infinito que da vueltas en nuestra cabeza y que encuentra  una calle sin salida en cada esquina que dobla.
Hoy me han dicho que cualquier ortografía pasada fue mujer mejor, pero yo no me lo creo, amor debería escribirse con h- porque entra sin hacer ruido y sale de un portazo haciendo eco en cada ventana. Pero no estamos aquí para hablar de algo que no conocemos.
Leemos porque tenemos la sensación de que de esa forma no nos faltan amigos, pero olvidamos que en cada libro hay varios enemigos.
Hoy he leído que el tiempo lo cura todo pero también he leído que todo vuelve y que el tango no se baila sólo una vez.
Me gustaría que en mi cama cupiera una maleta para viajar con todos los libros del mundo, pero pensándolo bien no los necesito porque las historias se escriben solas en cada costura de nuestro cuerpo.
Hoy me ha entrado hambre de letras pero he pensado que ya se calmará y que, de todas formas, la mejor manera de leer es releyendo. Releyendo y uniendo las pecas de Venus en una constelación infinita que en realidad no lo es tanto puesto que lleva el nombre de una sola estrella.
Hoy he oído que la gula es un pecado capital y la mejor absolución, leer hasta el infinito. 


domingo, 7 de abril de 2013

Cacahuetes encolados.


Jugaban con la despreocupación de los niños que todavía no tienen que hacer deberes en casa porque les había dado tiempo a acabar las tres restas y las dos multiplicaciones que la señorita les había mandado hacer en el cuaderno rojo. Algunos desafortunados sí que debían llevarse los deberes a casa porque se habían distraído jugando a hacerle agujeros a la goma en el rato que tenían para calcular las cinco operaciones de matemática elemental. Los pobres tendrían que sentarse en su escritorio diminuto para que al día siguiente optaran a un gomet verde en la casilla de deberes.
En cambio los que habían cumplido con su obligación académica jugarían toda la tarde con el helicóptero teledirigido, regalo del abuelo, perseguidos por sus incansables madres con el bocadillo de chorizo a medio empezar.
No se imaginaban que en una docena de años se verían frente a unos apuntes, probablemente ajenos, con mala caligrafía, intentando descifrar los misterios de la vida universitaria. Siendo niños no pensaban que la diversión tuviera límites porque infinito era la palabra preferida de todos. Hasta que se encontraran angustiados frente a una operación matemática con un ocho tumbado. Entonces no se acordarían del valor que adjudicaban a la eternidad cuando lo eterno consistía en ponerse una y otra vez el disfraz heredado de Campanilla o en construir un parque de atracciones con los Lego.
Pero lo que tampoco se imaginaban aquellos niños hechos de golosinas una vez a la semana y de tabletas de chocolate blanco Milkibar a la salida del colegio, era que la diversión cobraría otras dimensiones y tendría nuevas fronteras. Así, el que se angustia con sus deberes universitarios de matemáticas se acordará de aquel cuaderno rojo con cinco operaciones sencillas mientras se entretenga despegando la capa de cola blanca que ha dejado secar en la mano que no le sirve para integrar ni derivar. 
La diversión no cabe en la cáscara de un cacahuete, pero sí en la de un cacahuete tumbado.


miércoles, 20 de marzo de 2013


-          - ¿Te acuerdas de aquella noche en el pantano cuando tuve que meterme dentro de tu abrigo porque, aunque era a finales de julio, hacía un frío polar?
-         -  Me acuerdo. Llevabas el pelo recogido en la media coleta deshecha de siempre. Puede que llevaras una trenza de hilo, pero no me acuerdo. Sé que llevabas el abrigo de lana con cenefas y que temblabas.
-          - La trenza me la hice después, en uno de esos pueblos de la costa española con hormigón armado en primera línea de playa. Tuvimos una conversación segundos antes de que saliera aquella cantante de vestidito de terciopelo azul y pelo anaranjado. No lloré pero me faltó poco. Y a ti también.
-         -  …Recuerdo que hacía mucho frío.
-         -  El frío era yo. Ahora estoy segura. 

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