He estado una semana en Zaragoza aprovechando las vacaciones de Todos los Santos que nos dan en Francia. He estado en Zaragoza y me he sentido como una hojita de árbol. Ahora que llega el otoño, o el invierno en según qué ciudades, ahora que el frío empieza a colarse por debajito de la puerta y a través de las ventanas de chichinabo que tenemos en casa, me siento como una hoja diminuta caída de un árbol. Sentada en una esquina de la clase amarilla de baile, impedida por el catarro anual que me llena la cabeza de mocos, me eché a llorar viendo a mis antiguas compañeras bailar una música tierna como el algodón con una sola consigna repetida una y mil veces por Lis: sentid que sois hojas, que os lleva el viento por toda la sala. Bailar es tener sensaciones. Buscadlas.
Y me eché a llorar. Sentada en una esquinita, apocada entre los altavoces.
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martes, 4 de noviembre de 2014
sábado, 11 de enero de 2014
Me he montado en el tren porque he digerido mal Barcelona,
me ha caído pesada en el estómago, y en general en el pecho y la garganta.
Necesito que Zaragoza me arrope con su calor de madre incondicional, que me
acune entre sus brazos de abuela mientras me cuenta alguna historia de cuando
las calles eran de adoquines y había que subirse al tranvía en marcha. Necesito
acurrucarme en el regazo templado de la ciudad pequeña y acogedora en la que
nací y cuya familiaridad y tranquilizadora rutina no supe apreciar hasta
después de haberme marchado. Es ahora cuando descubro que las calles
desordenadas de Zaragoza son el mejor lugar para crecer, entre plataneros
enormes en primavera y niebla espesa en invierno. Y es ahora cuando necesito
que me arrulle el sonido del canal que hay a una calle de mi casa y el viento
me mezca sin hacer preguntas. Por eso me he montado en el tren, para dejar, al
menos por un fin de semana, la sensación de estar desarmada y protegerme entre
las paredes llenas de libros, entre los abrazos de mamá y los sermones una y
otra vez repetidos por mi padre, entre el té de después de comer y el café de
media tarde, entre los apuntes de fonología de Celia, la barba naranja de Leo y
la napolitana del domingo.
miércoles, 30 de octubre de 2013
¿Mañana me voy a casa!
La pereza de los lunes, la zalamería de los jueves y el
bostezo de cada domingo por la tarde enganchadito al canto de los dientes. To run run run run run y la cuenta atrás
para tocar chufa en casa y bailar descosida en la Fokin del viernes. Y si no es
mucho pedir, enredarme en la cama con el león de peluche, y con el de verdad ya
puestos. Dos capítulos de La Regenta
y el doble de manualidades, blanco sobre blanco que me gusta más y el vídeo de
los abuelos bailando, que es lunes y me pone de buen humor, por lo menos el
rato que dura y el sabor de boca de después. Y como no quedaban frutas para
mojar en el chocolate, un trozo de pan de molde con pepitas de negro auténtico
con aceite y sal gorda, que sabe a gloria bendita y a calor en la garganta. Hoy he vuelto de la uni con muchas ganas de
llorar pero como tengo mucho trabajo he pensado que lloraría más tarde, así
que he esperado a acabar el capítulo XXI para ponerme a mojar un poco este
lunes que se deshará en agua mañana para que yo pueda concentrarme mejor por
eso de que las neuronas trabajan mejor con humedad aunque me lo acabe de
inventar. A boy’s best friend is his
mother y yo a la mía la echo de menos. Pero es lunes y mañana martes y
pasado miércoles y al otro ya es jueves y mi casa me espera, y Celia también y
Mancholas y mamá y la tata y papá y Leo y Sara y Elena. Y jo.
martes, 15 de octubre de 2013
Confundían el amor con la
costumbre y la rutina con la confianza. Y por eso creían que se querían, que
estaban hasta las huesos el uno por el otro y que de aquí al fin del mundo y
más allá también. Circulaban por la nacional porque era más rápido, pero cada uno por su lado
encontraba atascos en las carreteras secundarias y lo que llamaban puntualidad
en realidad era prisa. No necesitaban mecánico que les arreglara pero la
carrocería estaba llena de arañazos y el chapista cobraba caro a estas alturas.
Así que preferían la comodidad a la certeza y la confusión a la verdad, porque
de verdades ya sabían lo suficiente y no les convencía lo fácil. Lo complicado
a lo seguro. No discutían, porque de mala sangre también sabían y era mejor
así, la indiferencia por la argumentación. Elegían una película pero la
televisión era testigo del aburrimiento de uno y de otro en hora punta, y
testigo también de la ausencia de uno y después del otro. Y así caían las hojas
de un calendario que compraron porque sí, porque era práctico aunque no bonito:
la funcionalidad por la emoción. Los tomates más baratos por los de mejor
sabor, el piso más viejo por el más acogedor, el vestido de su madre por el que
la enamoró en aquella tienda. La amistad por el amor. Y el amor siempre por la
vida.
miércoles, 20 de marzo de 2013
- - ¿Te acuerdas de aquella noche en el pantano
cuando tuve que meterme dentro de tu abrigo porque, aunque era a finales de julio,
hacía un frío polar?
- - Me acuerdo. Llevabas el pelo recogido en la media
coleta deshecha de siempre. Puede que llevaras una trenza de hilo, pero no me
acuerdo. Sé que llevabas el abrigo de lana con cenefas y que temblabas.
- - La trenza me la hice después, en uno de esos
pueblos de la costa española con hormigón armado en primera línea de playa. Tuvimos
una conversación segundos antes de que saliera aquella cantante de vestidito de
terciopelo azul y pelo anaranjado. No lloré pero me faltó poco. Y a ti también.
- - …Recuerdo que hacía mucho frío.
- - El frío era yo. Ahora estoy segura.
jueves, 31 de enero de 2013
Lo raro de llegar a Zaragoza y ver todo raro. Y de sentirse
rara. Y de que la nevera esté vacía. Y Celia de exámenes. Y Pablo agobiado. Y
mis padres en Francia. Mi hermana en Bruselas. Y yo aquí, sola, con mi oso de
peluche de toda la vida en el cuarto de paredes blancas con el cohete de Tintín.
Lo raro de no escuchar ni un ruido y no necesitar tapones para dormir.
Lo raro de volver a echar de menos.
Lo raro de estar a gusto en Barcelona, por fin.
Lo raro de no querer salir de la cama en diez días.
Lo raro. Lo de siempre.
jueves, 3 de enero de 2013
Mariposa y Amapola en París
Como si el casco viejo fuera un barrio secreto de París, las recorrían de puta
a punta y en diagonal, perdiéndose y fingiendo que no conocían aquel entramado
de calles al que volvían cada tarde de invierno, y de verano. Les bastaba con
imaginarse que estaban en la ciudad del amor y que a la vuelta de la esquina se
encontrarían con la orilla del Sena plagada de bouquinistes para escapar de la realidad en la que les había tocado
vivir. Al fin y al cabo no era tan mala solución, eran expertas en soñar
despiertas y convertir los edificios que conocían de memoria en otros que
habían visto en las películas francesas de los canales de televisión que nadie
conocía. Menos mal de aquella quichería
que habían abierto hacía un par de años en alguna de esas callejuelas colmadas
de alcantarillas desbordantes y olor a viernes de madrugada. Les encantaba
aquel bistrot de nombre ingenioso
regentado por un francés tan elegante como afeminado. Adoraban la puerta
corredera de color rosa del baño y el chocolate del brownie que se permitían pagar una vez cada muchos
paseos parisinos en la ciudad del viento. Se pintaban los labios con carmín rojo, con los bordes
salidos para hacer el decorado más creíble. Se creían muy mayores pero no dejaban de ser dos niñas que no querían
crecer. La idea de cumplir 19 años las amargaba desde hacía semanas y mientras
una quería volver a los 18, la otra soñaba con tener 17 de nuevo. Eran tan
iguales y tan distintas a la vez que la mezcla parecía sacada de un cuento. El tipo de personajes que Rébecca Dautremer habría dibujado para uno de sus
cuentos de ensueño. Y sin embargo eran de carne y hueso y de culo considerable.
Pero paseaban con la elegancia de los erizos parisinos que esconden un secreto
bajo cada una de las púas, contoneando las caderas, saltando fronteras
imaginarias sin pasaporte. miércoles, 26 de diciembre de 2012
Match Point For The World.
Hoy es una
de esas noches en que podría llenar una página entera con insultos. Porque sí.
Porque odio
que la vida dé esos reveses que nos obligan a correr de un lado a otro de la
pista para acabar perdiendo la pelota, y el equilibrio. En cuestión de segundos
se acabó el buen rollo.
Punto para
el mundo.
Si empezaste
el partido de risas, basta que mencione alguien un nombre que hacía tiempo que
no oías para que se hundan esos meses en que creías tener bajo control todo
cuanto ese nombre significa.
Punto para
el mundo.
Y cuando
consigues reponerte mínimamente de ese primer revés, y te creces al ver que tus
mejores amigos te animan desde la grada, uno de ellos pierde la pelota entre
las hojas.
Se acabó el
buen rollo. Punto de partido para el
mundo.
Mira
a ver si lanzas las pelotas de otra manera.
viernes, 21 de diciembre de 2012
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