jueves, 3 de enero de 2013

Mariposa y Amapola en París


Como si el casco viejo fuera un barrio secreto de París, las recorrían de puta a punta y en diagonal, perdiéndose y fingiendo que no conocían aquel entramado de calles al que volvían cada tarde de invierno, y de verano. Les bastaba con imaginarse que estaban en la ciudad del amor y que a la vuelta de la esquina se encontrarían con la orilla del Sena plagada de bouquinistes para escapar de la realidad en la que les había tocado vivir. Al fin y al cabo no era tan mala solución, eran expertas en soñar despiertas y convertir los edificios que conocían de memoria en otros que habían visto en las películas francesas de los canales de televisión que nadie conocía. Menos mal de aquella quichería que habían abierto hacía un par de años en alguna de esas callejuelas colmadas de alcantarillas desbordantes y olor a viernes de madrugada. Les encantaba aquel bistrot de nombre ingenioso regentado por un francés tan elegante como afeminado. Adoraban la puerta corredera de color rosa del baño y el chocolate del brownie que se permitían pagar una vez cada muchos paseos parisinos en la ciudad del viento. Se pintaban los labios con carmín rojo, con los bordes salidos para hacer el decorado más creíble. Se creían muy mayores pero no dejaban de ser dos niñas que no querían crecer. La idea de cumplir 19 años las amargaba desde hacía semanas y mientras una quería volver a los 18, la otra soñaba con tener 17 de nuevo. Eran tan iguales y tan distintas a la vez que la mezcla parecía sacada de un cuento. El tipo de personajes que Rébecca Dautremer habría dibujado para uno de sus cuentos de ensueño. Y sin embargo eran de carne y hueso y de culo considerable. Pero paseaban con la elegancia de los erizos parisinos que esconden un secreto bajo cada una de las púas, contoneando las caderas, saltando fronteras imaginarias sin pasaporte. 


1 comentario:

  1. Quise dejarte un comentario ayer por la noche pero Chilirfú no estaba por la labor. Quería decirte que cuando fui al baño de la qichería pensé en escribir una histoguia como la que has hecho tú, con los mismos dos erizos culogordos en una quichería de su París-ciudad del viento, escrita también en Pretérito Imperfecto y tercera persona del plural. Pero me gusta más la tuya :)

    <3

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