Me canso de
descifrar la ironía de Larra y la aspiración del andaluz porque de todas formas
hoy no estoy para pensar en las reglas del teatro o en el ceceo del sur. Tengo la
cabeza apoyada al sol en un balcón de una calle estrecha en una casa pequeña
pero acogedora en la que vivo con Nuria, aunque ella aún no lo sepa.
Me levanto
de la silla y me adormilo entre las flores, y aparezco flotando como Ofelia en
un charco de agua clara. Me tumbo pensando en las nubes que cubrirán el reflejo
del cerezo en las pupilas de aquel día. Pienso que otras alas batirán, que los
besos tendrán que ser de esquimal porque el frío helará los brotes de una
primavera que no estaba a la vuelta de la esquina.
Que otra se
ponga un vestido blanco por mí; esta vez quiero viajar desnuda para que con suerte el firmamento haga de mis
lunares una constelación sin nombre.
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| Yo sólo vivir con Nuria en un piso de la Barcelona que aprendemos a inventar a fuerza de saltar y saltar. |

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