Confundían el amor con la
costumbre y la rutina con la confianza. Y por eso creían que se querían, que
estaban hasta las huesos el uno por el otro y que de aquí al fin del mundo y
más allá también. Circulaban por la nacional porque era más rápido, pero cada uno por su lado
encontraba atascos en las carreteras secundarias y lo que llamaban puntualidad
en realidad era prisa. No necesitaban mecánico que les arreglara pero la
carrocería estaba llena de arañazos y el chapista cobraba caro a estas alturas.
Así que preferían la comodidad a la certeza y la confusión a la verdad, porque
de verdades ya sabían lo suficiente y no les convencía lo fácil. Lo complicado
a lo seguro. No discutían, porque de mala sangre también sabían y era mejor
así, la indiferencia por la argumentación. Elegían una película pero la
televisión era testigo del aburrimiento de uno y de otro en hora punta, y
testigo también de la ausencia de uno y después del otro. Y así caían las hojas
de un calendario que compraron porque sí, porque era práctico aunque no bonito:
la funcionalidad por la emoción. Los tomates más baratos por los de mejor
sabor, el piso más viejo por el más acogedor, el vestido de su madre por el que
la enamoró en aquella tienda. La amistad por el amor. Y el amor siempre por la
vida.
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