martes, 15 de octubre de 2013

Confundían el amor con la costumbre y la rutina con la confianza. Y por eso creían que se querían, que estaban hasta las huesos el uno por el otro y que de aquí al fin del mundo y más allá también. Circulaban por la nacional porque era  más rápido, pero cada uno por su lado encontraba atascos en las carreteras secundarias y lo que llamaban puntualidad en realidad era prisa. No necesitaban mecánico que les arreglara pero la carrocería estaba llena de arañazos y el chapista cobraba caro a estas alturas. Así que preferían la comodidad a la certeza y la confusión a la verdad, porque de verdades ya sabían lo suficiente y no les convencía lo fácil. Lo complicado a lo seguro. No discutían, porque de mala sangre también sabían y era mejor así, la indiferencia por la argumentación. Elegían una película pero la televisión era testigo del aburrimiento de uno y de otro en hora punta, y testigo también de la ausencia de uno y después del otro. Y así caían las hojas de un calendario que compraron porque sí, porque era práctico aunque no bonito: la funcionalidad por la emoción. Los tomates más baratos por los de mejor sabor, el piso más viejo por el más acogedor, el vestido de su madre por el que la enamoró en aquella tienda. La amistad por el amor. Y el amor siempre por la vida.



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