Son pocas las veces que escribo una entrada sin haber emborronado antes uno de mis millones de cuadernos. Pero hay noches que es mejor improvisar sobre lienzo que tirar varios bocetos a la papelera.
Estoy tan nerviosa y tan asustada a la vez por irme a Barcelona que todas las cosas que debo preparar para 'la gran travesía' siguen pendientes. Me quedan viernes, sábado, domingo y lunes en Zaragoza y se me está haciendo eterno. Tengo la cama de mi hermana llena de toda la ropa que he sacado del armario sin saber muy bien por qué, porque no necesito todo, que no me voy a Alaska. Estoy a hora y media en AVE y en mi familia nos lo estamos tomando como si fuera a vivir en otra galaxia. Y allí es precisamente donde me encuentro estos días, en la galaxia de las mariposas en el estómago (pero mariposas mutantes, de verdad de la buena), de los ojos vidriosos cada vez que Monchis o Nerea me escriben un guasap diciendo que deje de hacer maletas y me quede aquí, o cuando Elisa me dice que me va a atar a un árbol. Es curioso cómo crece el vínculo entre las personas cuando saben que les queda poco tiempo juntas. No sé si para bien o para mal porque después te entran las dudas de si deberías irte o no. En fin, supongo que a todos los que dejan el nido les pasa y que me tocará estar rara este primer mes. Sigo pensando que he puesto las expectativas por las nubes, pero no puedo evitarlo. Es Barcelona.

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