Supongo que esto funciona así. Y siempre ha sido así realmente, no sé por qué me extraña a estas alturas que me miren por encima de la tira del sujetador. Tampoco voy a empezar tan pronto con los sudores fríos y las náuseas entre el ombligo y la pared. Pero confieso que desde el segundo uno estoy en ese estado tan propio de mí. Que todo lo distorsiono. Que todo lo exagero. Que todo duele más de lo que en realidad duele. Que he entendido por fin que con mis gafas el mundo se ve muy distinto y por eso ando siempre del revés y con los pies hacia dentro.
A ratos, a veces cortos y otras muchas largos, pienso que esta cama no va a ser nunca mía y que por muchos cojines que ponga no estaremos cómodas aquí. Se me ha pegado a la espina una sensación de provisionalidad con estas paredes, como si dentro de unos días o quizás un par de semanas a lo sumo alguien fuera a venir a por mí para devolverme a donde pertenezco.
Del revés y con los pies hacia adentro.. Que bella imagen.
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