sábado, 11 de enero de 2014

Me he montado en el tren porque he digerido mal Barcelona, me ha caído pesada en el estómago, y en general en el pecho y la garganta. Necesito que Zaragoza me arrope con su calor de madre incondicional, que me acune entre sus brazos de abuela mientras me cuenta alguna historia de cuando las calles eran de adoquines y había que subirse al tranvía en marcha. Necesito acurrucarme en el regazo templado de la ciudad pequeña y acogedora en la que nací y cuya familiaridad y tranquilizadora rutina no supe apreciar hasta después de haberme marchado. Es ahora cuando descubro que las calles desordenadas de Zaragoza son el mejor lugar para crecer, entre plataneros enormes en primavera y niebla espesa en invierno. Y es ahora cuando necesito que me arrulle el sonido del canal que hay a una calle de mi casa y el viento me mezca sin hacer preguntas. Por eso me he montado en el tren, para dejar, al menos por un fin de semana, la sensación de estar desarmada y protegerme entre las paredes llenas de libros, entre los abrazos de mamá y los sermones una y otra vez repetidos por mi padre, entre el té de después de comer y el café de media tarde, entre los apuntes de fonología de Celia, la barba naranja de Leo y la napolitana del domingo. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

LOS LUNES AL SOL DE UN OTOÑO EMBUSTERO




Vuelvo de la universidad, a una hora que depende de una decisión que tomo siempre con un café delante y medio estómago vacío. Bajo la misma calle de cada día, pero los lunes es más bonita, porque lo decido yo, porque se cuela el sol entre las ramas de los árboles que guardan las casas enfundados en su traje de noviembre caluroso.
Llego al parque, vuelvo la vista atrás para lamer el último rayo de un Lorenzo que cada día se acuesta antes en el jardín y subo por el ascensor, para qué mentir, hasta el cuarto piso, con prisa por pegarme a la ventana de mi cuarto para calentarme las manos en el cristal templado y cerrar los ojos rogando que me acaricie las pestañas un otoño embustero que no quiere verme con abrigo.
Bajo a comer, con poca hambre y mucha gula, y no lamo el plato de macarrones porque me parece que no es lo más apropiado, pero unto bien la salsa con el pan para que el plato quede limpio y así Regi no tenga que fregarlo.
Subo a la habitación, en el ascensor, para qué mentir, y me engaño a mí misma sentándome con decisión en la silla que he convertido en trono, con cara de voyaestudiarperonomelocreoniyo, así que me tumbo en la cama y en mi vida me he quedado dormida con tanta rapidez, y me despierto once horas después que en realidad han sido veinte minutos y que me han sabido a gloria, pero me quita el gusto un café mal hecho y la amargura de tener que estudiarahoradeverdaddelabuena.
Entro en conversaciones demasiado obtusas con Balzac, Zola, Emma, Isidorita y acabo dejando que Julián me hable de cosas más triviales, me invite a un cóctel que suena mejor que sabe a Agua del Carmen y se vaya tan rápido como ha llegado, como de costumbre.
Cojo el teléfono para que papá me dé algún consejo que seguramente no sabré aprovechar, pero hago ver que soy mayor y que entiendo todo. Entonces decido que mejor me voy a bailar que hay que pensar menos, pero se me ha olvidado merendar y los lunes Sarriá siempre huele a sopa. Hay luz en el ático azul de la plaza, pero dejo de soñar que vivo allí y entro en clase, muevo el culo como puedo mientras babeo por cómo lo mueven otros, salgo y bajo a cenar. Regi me quiere y me ha preparado una ensalada que sabe a algo parecido a casa.
Me ducho, salgo con el pelo mojado, me embadurno en crema y escribo esto.

Y me voy a dormir. Mañana más sol. 


miércoles, 30 de octubre de 2013

¿Mañana me voy a casa!

La pereza de los lunes, la zalamería de los jueves y el bostezo de cada domingo por la tarde enganchadito al canto de los dientes. To run run run run run y la cuenta atrás para tocar chufa en casa y bailar descosida en la Fokin del viernes. Y si no es mucho pedir, enredarme en la cama con el león de peluche, y con el de verdad ya puestos. Dos capítulos de La Regenta y el doble de manualidades, blanco sobre blanco que me gusta más y el vídeo de los abuelos bailando, que es lunes y me pone de buen humor, por lo menos el rato que dura y el sabor de boca de después. Y como no quedaban frutas para mojar en el chocolate, un trozo de pan de molde con pepitas de negro auténtico con aceite y sal gorda, que sabe a gloria bendita y a calor en la garganta. Hoy he vuelto de la uni con muchas ganas de llorar pero como tengo mucho trabajo he pensado que lloraría más tarde, así que he esperado a acabar el capítulo XXI para ponerme a mojar un poco este lunes que se deshará en agua mañana para que yo pueda concentrarme mejor por eso de que las neuronas trabajan mejor con humedad aunque me lo acabe de inventar. A boy’s best friend is his mother y yo a la mía la echo de menos. Pero es lunes y mañana martes y pasado miércoles y al otro ya es jueves y mi casa me espera, y Celia también y Mancholas y mamá y la tata y papá y Leo y Sara y Elena. Y jo.  


lunes, 28 de octubre de 2013


        "Me despierto con unas ganas tremendas de llorar, pero como tengo mucho trabajo decido que ya lloraré más tarde."








Paula Bonet

martes, 15 de octubre de 2013

Confundían el amor con la costumbre y la rutina con la confianza. Y por eso creían que se querían, que estaban hasta las huesos el uno por el otro y que de aquí al fin del mundo y más allá también. Circulaban por la nacional porque era  más rápido, pero cada uno por su lado encontraba atascos en las carreteras secundarias y lo que llamaban puntualidad en realidad era prisa. No necesitaban mecánico que les arreglara pero la carrocería estaba llena de arañazos y el chapista cobraba caro a estas alturas. Así que preferían la comodidad a la certeza y la confusión a la verdad, porque de verdades ya sabían lo suficiente y no les convencía lo fácil. Lo complicado a lo seguro. No discutían, porque de mala sangre también sabían y era mejor así, la indiferencia por la argumentación. Elegían una película pero la televisión era testigo del aburrimiento de uno y de otro en hora punta, y testigo también de la ausencia de uno y después del otro. Y así caían las hojas de un calendario que compraron porque sí, porque era práctico aunque no bonito: la funcionalidad por la emoción. Los tomates más baratos por los de mejor sabor, el piso más viejo por el más acogedor, el vestido de su madre por el que la enamoró en aquella tienda. La amistad por el amor. Y el amor siempre por la vida.



domingo, 29 de septiembre de 2013

Jo

Queda inaugurada la temporada. La de debilitarse un poquito a propósito, la de inventar escusas, inventar culpas, y acabar culpando. La temporada de que el orgullo desequilibre la balanza que nunca ha sido balanza; me la dieron defectuosa en el mercadillo de piezas. Llegué tarde al reparto de emociones y me quedé con las más ariscas. Pero eh, que cada uno tiene sus taras, unos más acusadas que otros, pero al fin y al cabo. Las segundas partes nunca fueron buenas y yo digo que quiero conocer al sangre sucia que dijo esa frase y encima pretendió tener razón; las segundas partes son tan buenas como las primeras, me niego a que Barcelona se me resista un curso más, no le sale a cuenta a mis caderas tanta humedad. 
En mi nueva cama de matrimonio, con Otis Taylor y con Caetano Veloso - porque no hay que olvidar todo lo anterior - , con Hannah y su diario que no es un diario, con este blog que es un diario pero no es un diario. Y con una paciencia que aún no ha madurado, porque sólo hace dos semanas que duermo en otra habitación. En realidad soy como un girasol al que han trasplantado y que todavía tiene que echar raíces en suelo nuevo y encontrar el ángulo perfecto del sol. 
Dadme tiempo, por favor. 




viernes, 23 de agosto de 2013

Anna & Jacob

Lo cierto es que estaba asustada, más que eso, aterrada, si hubiera una palabra con un grado superior la utilizaría, pero no se le ocurría otro adjetivo más fuerte. Se le había enredado a las costillas como la hiedra trepadora de la casa con jardín en la que vivía desde siempre, y seguía reptando por cada hueso y cada cachito de piel libre, colonizando y oprimiendo su estómago lleno de marisoplas de colores. No podía comer, la planta había obstruido cada uno de sus canales, por los que ahora navegaban los barquitos que una tarde construyó con las manos de abuela que él decía que tenía, creyéndose astillera del papel. Lo cierto es que hasta las películas más insignificantes le afectaban, creía verse reflejada en los personajes de cualquier trama, fuera del género que fuese; siempre le había tenido miedo a los espejos pero en aquel momento de su vida todavía más porque la calle era un espejo, la televisión era un espejo, el cristal de las gafas de Celia eran un espejo al que no quería enfrentarse, y sin embargo. No quería ser como todo lo que deambulaba ante sus retinas algo estropeadas, quería la vida que circulaba una y otra vez en las angustiosas noches que pasaba sin dormir desde hacía varios meses, desde el momento en que supo que a partir de entonces iba a ser así, a destiempo y a deshora. A deslugar. Porque en realidad siempre se habían querido a destiempo y a deshora, pero el último des la estaba matando. Llevaba semanas tratando de convencerse, de hacerse más fuerte de lo que había sido en toda su vida, de hacer de tripas corazón y sacar la hiedra que oprimía sus entrañas y hacerse una corona con las hojas, hacerse un cicatriz, una herida de esa guerra entre el quiero y el puedo en el que ambos vencieran por igual. Pero la realidad era que en su bolso no faltaban nunca las bolsitas de tila.


Colaboradores