EL MEJOR REGALO DE NAVIDAD
viernes, 21 de diciembre de 2012
domingo, 16 de diciembre de 2012
Las velas.
Cortó el último trozo de celo y lo puso sobre el lado del papel que le quedaba por cerrar. Se acordó entonces de cuando su compañero de cuarto, en los años en que era estudiante, le había enseñado a utilizar el portacelos para evitar pelearse con él y acabar usando los dientes.
Le había llevado meses dar con el regalo perfecto y ahora temía que a Eva no le gustase. Pero por otro lado estaba orgulloso de lo que había preparado.
A ella le daba lo mismo lo que le regalara, se conformaba con el perfume de cada año y con encender velas en la misma mesa de siempre para que no pareciera una cena como las de siempre. Aunque, de cualquier forma, serviría el menú de cada noche: una ensalada y una tortilla francesa, con un vaso de agua para él y una cerveza sin alcohol para ella.
Realmente lo único que marcaba la diferencia con la cena del día anterior y la del día siguiente eran las velas.
No aguantó hasta los postres (una natilla de chocolate para él y un kiwi maduro para ella); le tendió el paquete envuelto en papel de regalo y le pidió que lo abriera con la voz quebrada.
Vio cómo la llama de las velas se apagaba en los ojos de Eva.
No comieron postre.
sábado, 15 de diciembre de 2012
Siempre fue
así. Siempre quise irme lejos y hacer cosas bonitas, porque ya hay suficiente
mierda en el mundo.
Todavía es así. Todavía puedo coger la mochila, o las botas
y subir al primer tren que pase por delante de la puerta. Y que me lleve al
borde de las tuberías, donde esta bola azul vomita la basura que producimos. Allí
haré lo que siempre he querido hacer: mirar mi reflejo en el agua sin tenerle
miedo al animal que me pasó la rabia y que aparecerá sobre la sal de
un mar en el que ahogaré todas las bestias. Le sacaré una foto a mis colmillos
para colgármela de una correa de cuero y acordarme de quién fui, quién soy y
quién seré. Pero te esconderé muy por debajo de la piel para que seas menos, y
pueda ser yo más.
Y haré cosas bonitas.
domingo, 9 de diciembre de 2012
sábado, 8 de diciembre de 2012
Lo primero,
o lo útlimo según se mire, son las lágrimas de algunos y los te echaremos de menos, no te olvidaremos,
seguiremos siendo amigos, iremos a verte… Y luego viene cuando no cuentan contigo para
los planes de Nochevieja, o cuando deciden irse fuera de la ciudad justo el fin
de semana que tú vas a casa.
Pero no duermo
peor por estas tonterías. Me basta con que Celia siempre me esté esperando en
la esquina de mi calle y Mancholas me de un abrazo sincero y me llame fea. Lo que de verdad me preocupa es verme dudar si
el cajón de las bragas es el de arriba a la izquierda o el de abajo. O cuando
no me acuerdo de dónde guarda mi madre las medicinas. O de cómo se graba una
película en la televisión del salón donde he pasado tantas horas. Y aún me
preocupo más cuando veo que el calendario de Maitena y el de arte urbano se han
quedado en la página del 17 de agosto; y pienso que por aquel entonces todavía
vivía aquí y era verano y llevaba vestidos blancos y comía helados de regaliz.
Me he
asustado este fin de semana porque no sé qué calle es peatonal ni por qué lado pasa
el tranvía. Porque me siento como una extranjera en mi propia ciudad.
Lo que os
decía, dilemas del primer mundo.
lunes, 3 de diciembre de 2012
Supongo que es porque en la
universidad no está puesta la calefacción, y porque esta mañana Nuria me ha
despertado levantando la persiana antes de tiempo. Y porque ayer hablé con
Celia, y antes de ayer con Leo.
Supongo que es por todo esto y
porque los zapatos nuevos me hacen daño. Se me está alargando la semana que
acaba de empezar, y no veo el momento de salir por la puerta de la residencia
hacia la estación de buses para ir a casa. A CASA.
Supongo que es porque estas son
mis primeras Navidades fuera de casa
y se nota, aunque hayamos hecho lo posible por decorar la habitación e intentar
hacer acogedor el espacio de 15 metros cuadrados que tenemos por
dormitorio/baño. Es cierto que no ha quedado nada mal con las lucecitas blancas
y los arbolitos de cartulina verde. Además me he traído el edredón de
diciembre. Y duermo con la sudadera de siempre.
Pero sigue sin ser lo mismo,
porque no puedo salir enganchada al brazo de mi madre para ir a ver las luces
del El Corte Inglés ni las de Independencia. Ni tampoco puedo repetirle mil
veces a mi padre que ya es Navidad para que me responda siempre que es sólo un
invento de los grandes centros comerciales, y una llamada al consumismo y blablablabla.
Me consuela tener el calendario
de adviento al lado de la ventana. Y me consuela llevar gorros de lana y saber
que mamá nos regalará el pijama calentito del Primark como cada año a mi
hermana y a mí, aunque ninguna de las dos empecemos la Navidad en casa.
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