domingo, 16 de diciembre de 2012

Las velas.

Cortó el último trozo de celo y lo puso sobre el lado del papel que le quedaba por cerrar. Se acordó entonces de cuando su compañero de cuarto, en los años en que era estudiante, le había enseñado a utilizar el portacelos para evitar pelearse con él y acabar usando los dientes. 
Le había llevado meses dar con el regalo perfecto y ahora temía que a Eva no le gustase. Pero por otro lado estaba orgulloso de lo que había preparado. 
A ella le daba lo mismo lo que le regalara, se conformaba con el perfume de cada año y con encender velas en la misma mesa de siempre para que no pareciera una cena como las de siempre. Aunque, de cualquier forma, serviría el menú de cada noche: una ensalada y una tortilla francesa, con un vaso de agua para él y una cerveza sin alcohol para ella. 
Realmente lo único que marcaba la diferencia con la cena del día anterior y la del día siguiente eran las velas. 
No aguantó hasta los postres (una natilla de chocolate para él y un kiwi maduro para ella); le tendió el paquete envuelto en papel de regalo y le pidió que lo abriera con la voz quebrada. 
Vio cómo la llama de las velas se apagaba en los ojos de Eva. 
No comieron postre. 



No hay comentarios:

Publicar un comentario

Paseos compartidos.

Colaboradores