Cortó el último trozo de celo y lo puso sobre el lado del papel que le quedaba por cerrar. Se acordó entonces de cuando su compañero de cuarto, en los años en que era estudiante, le había enseñado a utilizar el portacelos para evitar pelearse con él y acabar usando los dientes.
Le había llevado meses dar con el regalo perfecto y ahora temía que a Eva no le gustase. Pero por otro lado estaba orgulloso de lo que había preparado.
A ella le daba lo mismo lo que le regalara, se conformaba con el perfume de cada año y con encender velas en la misma mesa de siempre para que no pareciera una cena como las de siempre. Aunque, de cualquier forma, serviría el menú de cada noche: una ensalada y una tortilla francesa, con un vaso de agua para él y una cerveza sin alcohol para ella.
Realmente lo único que marcaba la diferencia con la cena del día anterior y la del día siguiente eran las velas.
No aguantó hasta los postres (una natilla de chocolate para él y un kiwi maduro para ella); le tendió el paquete envuelto en papel de regalo y le pidió que lo abriera con la voz quebrada.
Vio cómo la llama de las velas se apagaba en los ojos de Eva.
No comieron postre.

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