Lo primero,
o lo útlimo según se mire, son las lágrimas de algunos y los te echaremos de menos, no te olvidaremos,
seguiremos siendo amigos, iremos a verte… Y luego viene cuando no cuentan contigo para
los planes de Nochevieja, o cuando deciden irse fuera de la ciudad justo el fin
de semana que tú vas a casa.
Pero no duermo
peor por estas tonterías. Me basta con que Celia siempre me esté esperando en
la esquina de mi calle y Mancholas me de un abrazo sincero y me llame fea. Lo que de verdad me preocupa es verme dudar si
el cajón de las bragas es el de arriba a la izquierda o el de abajo. O cuando
no me acuerdo de dónde guarda mi madre las medicinas. O de cómo se graba una
película en la televisión del salón donde he pasado tantas horas. Y aún me
preocupo más cuando veo que el calendario de Maitena y el de arte urbano se han
quedado en la página del 17 de agosto; y pienso que por aquel entonces todavía
vivía aquí y era verano y llevaba vestidos blancos y comía helados de regaliz.
Me he
asustado este fin de semana porque no sé qué calle es peatonal ni por qué lado pasa
el tranvía. Porque me siento como una extranjera en mi propia ciudad.
Lo que os
decía, dilemas del primer mundo.
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