domingo, 13 de enero de 2013

Diario de carretera

Cuando Pere me habló de la desazón que te hace sentir vacío cuando terminas de leer un libro que te había atrapado, hacía muchos meses que yo no encontraba una novela de este tipo. Hasta hoy. Qué vacía me ha dejado Un asunto de honor, de Arturo Pérez Reverte. Todavía no he podido moverme de la cama desde la que he asistido a una de las noches más largas de mi vida y desde donde he visto amanecer, con los pies en el mar de Tarifa. 
     Hacía mucho tiempo que una historia de amor no me conmovía tanto como la de Manolo y Trocito. 
Confieso que ayer cuando me escapé de propio a la librería más cercana para saciar mi sed de letras impresas estuve buen rato buscando una historia de amor, cuanto más empalagosa mejor.  Acabé cansándome de recorrer con el dedo índice y la cabeza torcida las mismas estanterías mil veces persiguiendo una novela de amor fácil; entonces recordé que Pere me había hablado de Un asunto de honor (Hay que ver lo guapo que es Reverte, ¿verdad, Pere?). La cogí, la pagué y de vuelta a la residencia leí la sinopsis: 


 "María, la niña virgen que quiere conocer el mar; Manolo el camionero perdedor a la vez que tierno, y el malvado portugués Almeida, que no puede dejar de cumplir una promesa."



No era aquello lo que me apetecía, pero la devoraría de todas formas porque no tenía una opción más tentadora. 
Y menos mal que la he devorado, porque ha calmado mi hambre de libros y es exactamente la historia de amor que yo quería. 

Me voy al mar. 


"Érase una vez un yogurcito dulce por fuera y un camionero tierno por dentro que se enamora de ella y se la lleva sabiendo que el precio va a ser condenadamente alto."



viernes, 11 de enero de 2013

LA HUMILDAD ES UNA VIRTUD QUE YA NO SE ESTÁ DE MODA


No entiendo ese afán por echarse flores a uno mismo. De verdad que no lo entiendo. Hace una semana en la clase de castellano oral la profesora me dijo que la humildad es una retórica. Y yo digo que es una virtud que ya no está de moda.
Que manía tiene todo el mundo con venderse a sí mismo como si alguien fuera a comprarlo. No somos aparatos eletrónicos con mil prestaciones que haya que enumerar. La vida no es un escaparate de personas que lleven una etiqueta en el tobillo en la que aparecen todas nuestras “ventajas”.
Qué vicio tienen muchos por utilizar frases que siempre comienzan por “yo”:
           -  Yo sé cocinar.
           -   A mí es que me encanta pintar.
           -    Yo hago fotos con mi réflex  (en modo automático, por supuesto)
           - Yo es que combino treinta carreras universitarias con el conservatorio de piano, la escuela de idiomas y el equipo de atletismo.

¿Y quién estudia en  la escuela de la vida? Al fin y al cabo es la única que sirve y que acepta a todos sin prejuicios.  A todos menos a los que no conocen la humildad, ésos necesitan años de otro tipo de escuela. Y una abuela que les diga lo guapos y listos que son para que ellos tengan menos tarea resaltando cada una de sus cualidades. 

Aprended a vivir con lo que lleváis puesto y no carguéis con virtudes que no os pertenecen, que las flores que os echáis se acaban marchitando y os quedaréis con el tallo y las espinas nada más. 


Hoy ni soy humilde ni estoy de buen humor, ya me perdonaréis. 

jueves, 3 de enero de 2013

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Mariposa y Amapola en París


Como si el casco viejo fuera un barrio secreto de París, las recorrían de puta a punta y en diagonal, perdiéndose y fingiendo que no conocían aquel entramado de calles al que volvían cada tarde de invierno, y de verano. Les bastaba con imaginarse que estaban en la ciudad del amor y que a la vuelta de la esquina se encontrarían con la orilla del Sena plagada de bouquinistes para escapar de la realidad en la que les había tocado vivir. Al fin y al cabo no era tan mala solución, eran expertas en soñar despiertas y convertir los edificios que conocían de memoria en otros que habían visto en las películas francesas de los canales de televisión que nadie conocía. Menos mal de aquella quichería que habían abierto hacía un par de años en alguna de esas callejuelas colmadas de alcantarillas desbordantes y olor a viernes de madrugada. Les encantaba aquel bistrot de nombre ingenioso regentado por un francés tan elegante como afeminado. Adoraban la puerta corredera de color rosa del baño y el chocolate del brownie que se permitían pagar una vez cada muchos paseos parisinos en la ciudad del viento. Se pintaban los labios con carmín rojo, con los bordes salidos para hacer el decorado más creíble. Se creían muy mayores pero no dejaban de ser dos niñas que no querían crecer. La idea de cumplir 19 años las amargaba desde hacía semanas y mientras una quería volver a los 18, la otra soñaba con tener 17 de nuevo. Eran tan iguales y tan distintas a la vez que la mezcla parecía sacada de un cuento. El tipo de personajes que Rébecca Dautremer habría dibujado para uno de sus cuentos de ensueño. Y sin embargo eran de carne y hueso y de culo considerable. Pero paseaban con la elegancia de los erizos parisinos que esconden un secreto bajo cada una de las púas, contoneando las caderas, saltando fronteras imaginarias sin pasaporte. 


miércoles, 2 de enero de 2013

Así es el cuaderno que Celia me ha regalado para empezar bien el año.  Es de Paguí de la Fgans.

Propósitos de Año Nuevo


Año nuevo, cuaderno nuevo, aunque aún me queden unos diez por empezar en la estantería (cosas de coleccionarlos).
Voy a escribir con lápiz por si acaso me equivoco y tengo que borrar; así me aseguro de que no ensucio la hoja con tinta corrida. Ya hice bastantes tachones en el 2012. El año pasado.
Con toda mi buena fe he escrito una lista de buenos propósitos para este año que arranca:

« Escribir más historias y menos sobre mí
« Aprender a ver el vaso medio lleno
« Hacer algo con mi pelo
« Aprender a confeccionar mi propia ropa
« Conseguir un traje estilo Charleston
« Leer mucho más
« Completar mi Moleskine gigante
« Hacerme un tatuaje con Celia
« Sonreír más a menudo
« Cambiarme de lentillas cada mes
« Aprender a tricotar
« Aprender a bailar tango
« Desenfadarme con el mundo y conmigo misma
« Tener más conciencia humanitaria o comoquieraquesediga
« Discutir menos con mi familia
« Hacer al menos un Skype con Celia
« Viajar a un país nórdico
« Llamar a mis abuelas más a menudo
« Aprender a cocinar bizcochos
« Estudiar más
« Hacer muchas más fotografías
« Olvidar a muchas persona para poder disfrutar de otras tantas
« Meter a Leo de una vez en la caja de zapatos debajo de la cama
« Hacer algún tipo de voluntariado
« Aprender algo de catalán
« Ordenar la habitación de Barcelona
« Dejar de mentirme a mí misma
« Mover el culo para hacer cosas que me interesan y que hasta ahora no he hecho por pura pereza
« Ver un montón de películas
« Ir a visitar a Javi a Londres
« Llorar menos


¿Ya o qué?



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