Igual ayuda. Igual es verdad que lo mejor que puedo hacer para comenzar de nuevo es desnudarme entera. Empezaré deshaciéndome el moño que tanto tiempo y tantas horquillas me ha costado. Agitaré la cabeza.
Me quitaré la máscara que me tapa los ojos. Agitaré las pestañas.
Correré el rojo de mis labios.
Deslizaré los tirantes del disfraz que tanto me pesa desde hace un tiempo.
Descubriré primero los hombros.
Las clavículas.
Los pechos.
El ombligo, y lo que hay debajo.
Agitaré las caderas.
Se me erizará el cuerpo.
Agitaré las piernas.
Sacaré los pies de las mallas que tanto me aprietan últimamente.
Me agitaré.
Desnuda. Otra vez.
Virgen. De nuevo.
Libre. Por fin.
Dispuesta a nacer una vez más.
domingo, 8 de enero de 2012
Dos perros callejeros.
Unos palillos algo más grandes que los chinos. Así empezó todo. Me hablaron de ti, te vi rodear la madera con tus manos pequeñas, te escuché sorber la vida.Vi tus zapatillas. Me confundí de cordones, hasta que me enteré de que los tuyos eran, como los míos, verde fosforito. Y de que los llevabas en el mismo sitio que yo, entre travillas y costuras. En la frontera debajo del ombligo. Te vi, muchas veces, a través de mi objetivo empañado por el sudor de los gritos. Te almacené, en un sitio privilegiado, donde yo podía verte a ti pero tú no sabías que un gato te observaba. Así cayeron las hojas, y volvieron a brotar; sopló viento, me bañé en el mar, te paseaste por los escenarios. Te cruzaste conmigo, pocas veces, pero te cruzaste conmigo. Yo me sabía todos tus nombres, todos tus números. Tú no. Vivías, sin más, con la sencillez con la que viven los que han comprendido el verdadero significado de la palabra. Vivíamos. Dejó de sonar la música. Dejaste de vivir en el mismo mundo que los demás. Cogiste la maleta y no te acordaste de la despedida en el andén. No te acordaste porque en la maleta no cabía yo. En cambio, volviste, aunque no para quedarte. Regresaste a dormirte en los brazos de la ciudad y te cruzaste conmigo. Tenía los ojos tan negros que no podías dejarme pasar porque me enredé con tus pestañas. Intentando deshacer el nudo con café, empeoraste la maraña en mi cabeza. Dos días has tardado en desordenar lo que tanto tiempo me había costado colocar. Dos lunas y una madrugada helada. No quisiste probarme, pero, para compensarlo, viniste a buscarme cuando yo te dije que el frío había podido con mis huesos. Volviste a empeorarlo todo. Los abrazos, los pies, los helados, el regaliz. Y cuando ya no quedaban billetes de vuelta, te volviste a marchar. Lloverá mucho dentro de mi estómago. Y tú no lo sabrás, Duck.
martes, 13 de diciembre de 2011
Martes, 6 de diciembre de 2011
Hoy hemos naufragado los cuatro juntos en un mar de lágrimas y nervios especiados. Con el adiós de Apollinaire como único bote salvavidas. Inconveniente: sólo cabíamos tres.
Alguien ha decidido no montarse por salvar a otros.
Alguien ha recurrido a la química.
Alguien se ha aferrado a sus bolsillos.
Alguien ha construido barquitos de papel y los ha puesto a navegar en el Sena.
Domingo, 4 de diciembre de 2011
Son la seis de la tarde en esta ciudad gris pero elegante. Mis padres y mi hermana han salido a pasear por las gélidas calles. Yo, en cambio, he preferido quedarme en el apartamento a descansar de la caminata de esta mañana. Entiendo que algunos consideren un sacrilegio el haberme privado de ver ‘Paris, la nuit’. Pero el caso es que es todo un privilegio poder quedarse en una buhardilla en el Marais, tumbada en una cama gigante, con buena música y sabiendo que detrás de los cristales bulle una ciudad llena de clichés y de la lluvia que tanto agradezco a estas horas de la tarde.
Sepultada bajo tres edredones de plumas, me entretengo imaginando lo que harán las parejas bohemias parisinas, cogidas por los bolsillos de sus abrigos de paño, con las orejas calientes dentro de la boina. Suena tópico pero a mí, a diferencia de muchos, me entusiasma el cliché de la vida bohemia. Por ello no dejaré de pasearme por Montmarte y la Latina, reviviendo historias de grandes genios de las artes que una vez soñaron allí. No siento en absoluto que esté desperdiciando la tarde por quedarme en este estudio de escasos metros cuadrados que se me antoja de lo más acogedor. Al contrario, entre estas cuatro paredes y enterrada bajo una docena de cojines, me siento casi tan segura como en mi verdadera cáscara de nuez. Además estoy en muy buena compañía:
· Lili y Peter, que han venido a verme desde Berlín
· Un acordeón, viejo conocido
· Unas cuantas voces llorosas
· Las palabras de Clara, la Bohemia que hoy se ha metido dentro de mi cuerpo para darme lecciones de piel humana y de pájaros que revolotean ansiosos por salir de nuestras cabezas (clareidoscopique.blogspot.com)
Aquí, resguardada de un mundo que me aterra, me sobrevienen otros temores que, quizás, resulten más dañinos que los miedos reales. Miedo de que llegue el día en que la tinta se seque y el agua no siga corriendo. Miedo de que la tecnología devore tradiciones tan preciadas para mí como los libros de papel. Terror de que los trenes vayan tan extremadamente rápido que me pierda todo lo que separa dos puntos y sólo quede un punto de partida y un destino.
Hay gente que no soporta las medias tintas. Yo no. Yo quiero saber qué es lo que vibra entre la mayúscula y el punto final. Quiero comas, puntos suspensivos, muchos “y” y más interrogantes que puedan resolverse entre dos marcas concretas.
¿Qué relación tendrá esto con París?, pensará quien lea esto (si es que alguien lo lee). Bien, resulta que París también tiene su mayúscula y su punto final. Pero yo quiero ver qué es lo que se cuece entre la Tour Eiffel y los Champs-Élysées. Quiero esconderme en todas las callejuelas que serpean la ciudad. Quiero contar las pecas de cada francés que se acurruca en los cafés de las esquinas, con los vaqueros remangados y los ojos chispeantes. Quiero chuparme los dedos con cada crêpe que engulla en los puestos más recónditos de los barrios menos frecuentados. Quiero inmortalizar cada abrazo, cada cogida de manos, cada vuelo de los pájaros. Quiero que París me cuente su historia. Entera. Entre la P y la S, pasando por todo lo que entre esas dos letras hierve de vida.
Sábado, 3 de diciembre de 2011
Como de costumbre, siento la necesidad de relatar mis travesías. Especialmente ésta por ser mi primer viaje como la más vagabunda. Clara Supertramp.
He tenido la suerte de que mi primer destino sea París, la ciudad en la que Amélie sueña cada día con hundir la mano en los sacos de legumbre, tirar piedras al canal y contar el número de parejas que están teniendo un orgasmo.
Visto así puede sonar idílico. No digo que no lo sea. Al contrario, estoy impaciente por pedirme una crêpe de azúcar, limón y canela en el Café des Deux Moulins. Pero hay un inconveniente de considerables proporciones para mí: París está a unos 1000 km de mi cáscara de nuez y para llegar hay que tomar un avión. Uno de esos descomunales pájaros de hierro que no me inspiran seguridad alguna. Si pudiera iría en tren, pero en cambio estoy aquí sentada (por llamar de alguna manera a la posición que he escogido tras muchas vueltas y muchas patadas a Madre Señorona). Con mi corazón del verrés en un puño.
Menos mal que es de noche y no puedo ver si seguimos suspendidos en el aire.
Menos mal que tengo a mi madre al lado para entretenerme.
Afortunadamente este avión apenas ruge y no se tambalea en absoluto. Pero no deja de ser un pasillo claustrofóbico con demasiadas personas abandonadas a su suerte. (O a la competencia de la tripulación, según se mire.)
Yo, como siempre, me abandono a las historias de los libros y a la tinta de este bolígrafo nuevo.
jueves, 8 de diciembre de 2011
Madame Dédie, je vous nomme mère de toutes les femmes de ma vie. De toutes celles qui habitent déjà à l'intérieur de ma poitrine et de toutes celles qui feront le chemin de ma tête à mon nombril.
Mme. Dédie, je vous prie de bien les garder et de les guider dans les ténèbres de mes rêves.
Mme. Dédie, je vous supplie de les nourrir avec toute la tendresse que moi je ne peux pas leur offrir.
Mme. Dédie, habillez-les d'une armure inébranlable pour qu'elles puissent supporter toutes les expériences que j'écrirai pour chacune d'elles.
Madame Dédie, aimez-les.
[Señora Dédie, la nombro madre de todas las mujeres de mi vida. De todas las que habitan dentro de mi pecho y de todas las que harán el camino de mi cabeza a mi ombligo.
Señora Dédie, le ruego que las cuide bien y que las guíe en las tinieblas de mis sueños.
Señora Dédie, le suplico que las alimente con todo el cariño que yo no puedo porporcionarles.
Señora Dédie, vístalas con una armadura inquebrantable para que puedan soportar todas las experiencias que escribiré para cada una de ellas.
Señora Dédie, quiéralas.}
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