domingo, 8 de enero de 2012

Dos perros callejeros.


     

      Unos palillos algo más grandes que los chinos. Así empezó todo. Me hablaron de ti, te vi rodear la madera con tus manos pequeñas, te escuché sorber la vida.Vi tus zapatillas. Me confundí de cordones, hasta que me enteré de que los tuyos eran, como los míos, verde fosforito. Y de que los llevabas en el mismo sitio que yo, entre travillas y costuras. En la frontera debajo del ombligo. Te vi, muchas veces, a través de mi objetivo empañado por el sudor de los gritos. Te almacené, en un sitio privilegiado, donde yo podía verte a ti pero tú no sabías que un gato te observaba. Así cayeron las hojas, y volvieron a brotar; sopló viento, me bañé en el mar, te paseaste por los escenarios. Te cruzaste conmigo, pocas veces, pero te cruzaste conmigo. Yo me sabía todos tus nombres, todos tus números. Tú no. Vivías, sin más, con la sencillez con la que viven los que han comprendido el verdadero significado de la palabra. Vivíamos. Dejó de sonar la música. Dejaste de vivir en el mismo mundo que los demás. Cogiste la maleta y no te acordaste de la despedida en el andén. No te acordaste porque en la maleta no cabía yo. En cambio, volviste, aunque no para quedarte. Regresaste a dormirte en los brazos de la ciudad y te cruzaste conmigo. Tenía los ojos tan negros que no podías dejarme pasar porque me enredé con tus pestañas. Intentando deshacer el nudo con café, empeoraste la maraña en mi cabeza. Dos días has tardado en desordenar lo que tanto tiempo me había costado colocar. Dos lunas y una madrugada helada. No quisiste probarme, pero, para compensarlo, viniste a buscarme cuando yo te dije que el frío había podido con mis huesos. Volviste a empeorarlo todo. Los abrazos, los pies, los helados, el regaliz. Y cuando ya no quedaban billetes de vuelta, te volviste a marchar. Lloverá mucho dentro de mi estómago. Y tú no lo sabrás, Duck.

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