Domingo, 4 de diciembre de 2011
Son la seis de la tarde en esta ciudad gris pero elegante. Mis padres y mi hermana han salido a pasear por las gélidas calles. Yo, en cambio, he preferido quedarme en el apartamento a descansar de la caminata de esta mañana. Entiendo que algunos consideren un sacrilegio el haberme privado de ver ‘Paris, la nuit’. Pero el caso es que es todo un privilegio poder quedarse en una buhardilla en el Marais, tumbada en una cama gigante, con buena música y sabiendo que detrás de los cristales bulle una ciudad llena de clichés y de la lluvia que tanto agradezco a estas horas de la tarde.
Sepultada bajo tres edredones de plumas, me entretengo imaginando lo que harán las parejas bohemias parisinas, cogidas por los bolsillos de sus abrigos de paño, con las orejas calientes dentro de la boina. Suena tópico pero a mí, a diferencia de muchos, me entusiasma el cliché de la vida bohemia. Por ello no dejaré de pasearme por Montmarte y la Latina, reviviendo historias de grandes genios de las artes que una vez soñaron allí. No siento en absoluto que esté desperdiciando la tarde por quedarme en este estudio de escasos metros cuadrados que se me antoja de lo más acogedor. Al contrario, entre estas cuatro paredes y enterrada bajo una docena de cojines, me siento casi tan segura como en mi verdadera cáscara de nuez. Además estoy en muy buena compañía:
· Lili y Peter, que han venido a verme desde Berlín
· Un acordeón, viejo conocido
· Unas cuantas voces llorosas
· Las palabras de Clara, la Bohemia que hoy se ha metido dentro de mi cuerpo para darme lecciones de piel humana y de pájaros que revolotean ansiosos por salir de nuestras cabezas (clareidoscopique.blogspot.com)
Aquí, resguardada de un mundo que me aterra, me sobrevienen otros temores que, quizás, resulten más dañinos que los miedos reales. Miedo de que llegue el día en que la tinta se seque y el agua no siga corriendo. Miedo de que la tecnología devore tradiciones tan preciadas para mí como los libros de papel. Terror de que los trenes vayan tan extremadamente rápido que me pierda todo lo que separa dos puntos y sólo quede un punto de partida y un destino.
Hay gente que no soporta las medias tintas. Yo no. Yo quiero saber qué es lo que vibra entre la mayúscula y el punto final. Quiero comas, puntos suspensivos, muchos “y” y más interrogantes que puedan resolverse entre dos marcas concretas.
¿Qué relación tendrá esto con París?, pensará quien lea esto (si es que alguien lo lee). Bien, resulta que París también tiene su mayúscula y su punto final. Pero yo quiero ver qué es lo que se cuece entre la Tour Eiffel y los Champs-Élysées. Quiero esconderme en todas las callejuelas que serpean la ciudad. Quiero contar las pecas de cada francés que se acurruca en los cafés de las esquinas, con los vaqueros remangados y los ojos chispeantes. Quiero chuparme los dedos con cada crêpe que engulla en los puestos más recónditos de los barrios menos frecuentados. Quiero inmortalizar cada abrazo, cada cogida de manos, cada vuelo de los pájaros. Quiero que París me cuente su historia. Entera. Entre la P y la S, pasando por todo lo que entre esas dos letras hierve de vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Paseos compartidos.