martes, 13 de diciembre de 2011

Sábado, 3 de diciembre de 2011

Como de costumbre, siento la necesidad de relatar mis travesías. Especialmente ésta por ser mi primer viaje como la más vagabunda. Clara Supertramp.
He tenido la suerte de que mi primer destino sea París, la ciudad en la que Amélie sueña cada día con hundir la mano en los sacos de legumbre, tirar piedras al canal y contar el número de parejas que están teniendo un orgasmo.
Visto así puede sonar idílico. No digo que no lo sea. Al contrario, estoy impaciente por pedirme una crêpe de azúcar, limón y canela en el Café des Deux Moulins. Pero hay un inconveniente de considerables proporciones para mí: París está a unos 1000 km de mi cáscara de nuez y para llegar hay que tomar un avión. Uno de esos descomunales pájaros de hierro que no me inspiran seguridad alguna. Si pudiera iría en tren, pero en cambio estoy aquí sentada (por llamar de alguna manera a la posición que he escogido tras muchas vueltas y muchas patadas a Madre Señorona). Con mi corazón del verrés en un puño.
Menos mal que es de noche y no puedo ver si seguimos suspendidos en el aire.
Menos mal que tengo a mi madre al lado para entretenerme.
Afortunadamente este avión apenas ruge y no se tambalea en absoluto. Pero no deja de ser un pasillo claustrofóbico con demasiadas personas abandonadas a su suerte. (O a la competencia de la tripulación, según se mire.)
Yo, como siempre, me abandono a las historias de los libros y a la tinta de este bolígrafo nuevo. 

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