jueves, 27 de diciembre de 2012

















Necesitaba un Cola-Cao y que le dieran las buenas noches.
Pero no necesitaba un Cola-Cao cualquiera ni le daba igual quién le diera las buenas noches.
Quería que fuera su madre quien le preparara la leche, con la sabiduría con la que todas las madres lo preparan, con esa confianza que tienen al remover los grumos, con esas sonrisa natural que no esperan que nadie vea y que a Martina le daba tanta seguridad tan tontamente. Desde bien pequeña recordaba a su madre dando vueltas a la leche de color indefinido con una expresión de calmada felicidad. Y esa imagen movía algo dentro, como mariposas en la tripa. Igual que las mariposas que se agarraban como el viento a las falanges de Violeta en aquella película que decidió convertir en su preferida desde la primera vez que la vio. Eran mariposas tranquilas, insectos de alas coloridas que conseguían darle tregua en medio del caos que era su vida. El Cola-Cao de mamá.
En cuanto a las buenas noches, pasaba de leones, de fotos de amapolas y de frases de libros que ni siquiera entendía. Quería otro animal, otra flor y una frase que nadie hubiera escrito antes  y que sonara real, no a refrán camuflado ni a palabras que parecen espontáneas y no lo son. Es más, no quería otro animal, quería carne, hueso y razón, una persona con diez dedos en las manos y diez en los pies, y sin pelaje. Quería piel y buenas noches de verdad. Y relamer los grumos del Cola-Cao en la cucharilla. 



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