domingo, 7 de abril de 2013

Cacahuetes encolados.


Jugaban con la despreocupación de los niños que todavía no tienen que hacer deberes en casa porque les había dado tiempo a acabar las tres restas y las dos multiplicaciones que la señorita les había mandado hacer en el cuaderno rojo. Algunos desafortunados sí que debían llevarse los deberes a casa porque se habían distraído jugando a hacerle agujeros a la goma en el rato que tenían para calcular las cinco operaciones de matemática elemental. Los pobres tendrían que sentarse en su escritorio diminuto para que al día siguiente optaran a un gomet verde en la casilla de deberes.
En cambio los que habían cumplido con su obligación académica jugarían toda la tarde con el helicóptero teledirigido, regalo del abuelo, perseguidos por sus incansables madres con el bocadillo de chorizo a medio empezar.
No se imaginaban que en una docena de años se verían frente a unos apuntes, probablemente ajenos, con mala caligrafía, intentando descifrar los misterios de la vida universitaria. Siendo niños no pensaban que la diversión tuviera límites porque infinito era la palabra preferida de todos. Hasta que se encontraran angustiados frente a una operación matemática con un ocho tumbado. Entonces no se acordarían del valor que adjudicaban a la eternidad cuando lo eterno consistía en ponerse una y otra vez el disfraz heredado de Campanilla o en construir un parque de atracciones con los Lego.
Pero lo que tampoco se imaginaban aquellos niños hechos de golosinas una vez a la semana y de tabletas de chocolate blanco Milkibar a la salida del colegio, era que la diversión cobraría otras dimensiones y tendría nuevas fronteras. Así, el que se angustia con sus deberes universitarios de matemáticas se acordará de aquel cuaderno rojo con cinco operaciones sencillas mientras se entretenga despegando la capa de cola blanca que ha dejado secar en la mano que no le sirve para integrar ni derivar. 
La diversión no cabe en la cáscara de un cacahuete, pero sí en la de un cacahuete tumbado.


miércoles, 20 de marzo de 2013


-          - ¿Te acuerdas de aquella noche en el pantano cuando tuve que meterme dentro de tu abrigo porque, aunque era a finales de julio, hacía un frío polar?
-         -  Me acuerdo. Llevabas el pelo recogido en la media coleta deshecha de siempre. Puede que llevaras una trenza de hilo, pero no me acuerdo. Sé que llevabas el abrigo de lana con cenefas y que temblabas.
-          - La trenza me la hice después, en uno de esos pueblos de la costa española con hormigón armado en primera línea de playa. Tuvimos una conversación segundos antes de que saliera aquella cantante de vestidito de terciopelo azul y pelo anaranjado. No lloré pero me faltó poco. Y a ti también.
-         -  …Recuerdo que hacía mucho frío.
-         -  El frío era yo. Ahora estoy segura. 

martes, 12 de marzo de 2013

Jo.



Me canso de descifrar la ironía de Larra y la aspiración del andaluz porque de todas formas hoy no estoy para pensar en las reglas del teatro o en el ceceo del sur. Tengo la cabeza apoyada al sol en un balcón de una calle estrecha en una casa pequeña pero acogedora en la que vivo con Nuria, aunque ella aún no lo sepa.
Me levanto de la silla y me adormilo entre las flores, y aparezco flotando como Ofelia en un charco de agua clara. Me tumbo pensando en las nubes que cubrirán el reflejo del cerezo en las pupilas de aquel día. Pienso que otras alas batirán, que los besos tendrán que ser de esquimal porque el frío helará los brotes de una primavera que no estaba a la vuelta de la esquina.
Que otra se ponga un vestido blanco por mí; esta vez quiero viajar desnuda  para que con suerte el firmamento haga de mis lunares una constelación sin nombre.


Yo sólo vivir con Nuria en un piso de la Barcelona que aprendemos a inventar a fuerza de saltar  y saltar. 


martes, 5 de marzo de 2013

Si supiera dibujar haría un dibujo de este fin de semana. Dibujaría las manos de Celia y el ombligo de Pere. También pintaría un atardecer y una tarta de manzana. Pero no se me da bien, así que intento poner en palabras los nervios de camino a la estación, las náuseas al comer pasta precocinada, el esfuerzo de ahogar un jadeo, la satisfacción de pasear bajo el sol de Barcelona, la tremenda felicidad de comer un helado de regaliz, los escalofríos de estar arropada en el balcón de Vinçon, el frío esperando al bus en lo alto de Montjuic, la pereza de volver caminando desde María Cristina de madrugada, el sueño de las mañanas, el buen rollo de los domingos en el Parc Güell, el sabor de la lasaña compartida, la sensación de vértigo a todas horas, el medio que te tengo. Y lo bien que me lo he pasado este fin de semana. 




Me he comprado unas acuarelas y un pincel. Prometo aprender a dibujar. 

miércoles, 20 de febrero de 2013

Más donde agarrar.

     Estoy merendando un café de chocolate blanco coronado con diez kilos de nata y una magdalena gigante de vainilla con pepitas de chocolate porque ME GUSTA TENER CURVAS.
Hoy sí, hoy me gusta mi culo de pito, mi talla 95 de pecho y mis enormes caderas. 
     Tengo la regla y me merezco un homenaje por ser mujer. 
      Alabo a los productores de la serie Girls por cederle el protagonismo a Hannah, la chica rellenita que no es una belleza pero es guapa a su manera, y se desnuda antes las cámaras como quien se quita un zapato. Por fin un cuerpo imperfecto en una serie de sexo sin tapujos. Por fin una Hannah Horvath que no es una Carrie Bradshow esquelética y chupada. 
Qué bien sienta que sea Hannah Banana, la escritora en proceso de cocción, la que les lleve la delantera en todo a las otras tres preciosidades de la serie. 
¡Y qué buena está la magdalena!
     Bienvenidas sean todas las curvas. Como dice Pere "más donde agarrar". 

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