Me pasa a menudo. Y sé a que vosotros también. Empiezas a
notar cómo se te hinchan los ojos y sabes de sobra que te vas a echar a llorar
en cuanto te metas en la cama. Mientras que cualquier otra noche te quedarías
hablando con tu madre en la habitación, hoy sólo quieres librarte de ella para
poder (des)ahogarte tranquila bajo el edredón que te conoce casi mejor que
ella.
Te enfundas en la
colcha de colores de Ikea sonriendo para que no se dé cuenta de que vas a
reventar en cuanto apague la luz. Le das las buenas noches como cada día, con
cara de que nada te preocupa y de que vas a apoyar la cabeza en la almohada. Y
es verdad, la vas a apoyar, pero también la vas a mojar. Y después sabes que te
dormirás porque llorar siempre te ha
dado sueño.
No quiero volver a Barcelona porque esta tarde he estado con
Sara y me ha dicho que me echa de menos, porque mi madre también me lo dice, y
porque Nerea no se encuentra bien y quiero pasarme la semana entera dando
paseos con ella, y con Celia, y con Pablo, y con Elena, y quiero ir a comprar
libros con Papá Soñador, y perderme por esta ciudad que conozco como la palma
de mi mano, y comer en casa, y discutir en casa y dormir en casa y no tener que
echar de menos nada salvo a los que están fuera. Pero resulta que la que está fuera soy yo y que no hay paseos con nadie, más
que con mi arrepentimiento.
Me he columpiado. Mucho.
Ya nadie baila “de lejos por ti, porque te quiero”.









