miércoles, 31 de octubre de 2012


Supongo que ya está. Que las cosas acaban tan rápido como empiezan y que entre el punto de partida y la meta preferimos pensar que no hubo recorrido. Que todo lo que sudamos por el camino se escurrió por las acequias y se encharcó con todo lo demás, que fue tanto y ahora parece nada.
No me lamento. O sí. Me escurro entre el recuerdo de unos brazos alrededor de mi cintura, y muchas veces más abajo, donde calienta el ombligo y donde se acaban las vértebras.
Me veo descalza, de madrugada, en pleno Paseo Sagasta, amarrada a unos cordones, haciendo equilibrios para no caerme. Para no caernos. Me acuerdo de todo cuando querría no acordarme de nada. No quiero que me venga a la cabeza ningún fotograma de la película que dirigimos y protagonizamos con tan escasos recursos. Quiero que no se abra el telón que da comienzo al desfile de paseos, tormentas, abrazos, manos huesudas, chocolate blanco, y vestidos blancos, labios rojos, el jardín, el abrigo marrón de plumas, el pelo largo, y luego corto, los columpios, el solar que nunca fue un solar, Miguel Hernández, los gatos negros, los canelones.
Se me eriza el pelaje sólo de pensar en los besos en la frente.

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