La gente que llega antes a sus 'citas' y se ve obligada a esperar ya no saca un libro para amenizar esa espera. Ahora todos, incluida yo, sacan el smartphone y se ponen al día de los tweets, miran y remiran todas las fotos guardadas, le piden a algún contacto de whatsapp que les entretenga... Qué pena me da que se haya perdido la costumbre de llevar siempre un libro encima, uno de esos libros que están escritos especialmente para el trayecto en autobús, para sentarse en un parque, en las escaleras de una plaza... No hace tanto yo misma llevaba siempre conmigo un tomo del diario de Andrés Trapiello y me sumergía en las banalidades de su día a día en cuanto salía de casa. Y ahora en cambio me encuentro sentada en un escalón de un centro comercial escribiendo esto. Qué ironía.
miércoles, 29 de agosto de 2012
lunes, 6 de agosto de 2012
¿Y los que no tenemos a dónde regresar?
No sé qué decir. Tengo otra vez
esa terrible y extraña sensación de nostalgia por cosas que todavía no me han
sucedido. Otra vez echo de menos ese futuro que jamás ha ocurrido. Es por culpa
de Barcelona, y por culpa de las expectativas que en ella esto poniendo, quizás
(seguro) demasiado altas. Cuando pienso en Barcelona en mi cabeza aparecen unos
Levi’s claros de los auténticos, una camiseta básica blanca, unas botas con
cordones, una piel morena, unos labios carnosos
y unos ojos verdes, marrones quizá, negros.
Cuando pienso en Barcelona veo
unas piernas largas, una melena rizada, unos calcetines por la rodilla y unos
altavoces con Mumford & Sons como himno matutino.
Cuando pienso en Barcelona me
imagino entre unas gafas marrones, unas Converse mordidas y un gorro de lana. Me
veo acurrucada en la arena, con el jersey de ochos de mi padre, el pelo corto
enredado y los pies fríos. Pero no me encuentro sola, porque de nuevo están los
Levi’s clásicos y la piel morena de un Mr. Darcy que sólo conozco en mi
imaginación.
No sé qué decir. Quiero
conocerte.
(Cómo me delato. Cuánto amor
necesito. Cuánto amor nuevo.)
Me viene al pelo empezar a leer este libro del genio Kundera que he encontrado en la casa de Bretaña, en la lengua original. Es una pasada.
“En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa “sufrimiento”. La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos “añoranza”; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemán Heimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra “nostalgia” tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: “te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia”. En español, “añoranza” proviene del verbo “añorar”, que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él. Algunas lenguas tienen alguna dificultad con la añoranza: los franceses sólo pueden expresarla mediante la palabra de origen griego (nostalgie) y no tienen verbo; pueden decir: je m?ennuie de toi (equivalente a «te echo de menos» o “en falta”), pero esta expresión es endeble, fría, en todo caso demasiado leve para un sentimiento tan grave. Los alemanes emplean pocas veces la palabra “nostalgia” en su forma griega y prefieren decir Sehnsucht: deseo de lo que está ausente; pero Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido (una nueva aventura), por lo que no implica necesariamente la idea de un nostos; para incluir en la Sehnsucht la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento: Senhsucht nach der Vergangenheit, nach der verlorenen Kindheit, o nach der ersten Liebe (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor).”
Hace tiempo que dormir se ha
convertido en un suplicio y cuando se acerca la hora de hacerlo me pongo
nerviosa y se me van las ganas de dormir y entro en un círculo vicioso y al
final son las 4 de la mañana y me niego a dormir porque me da pavor apagar la luz
para intentarlo y no poder conciliar el sueño y entonces me pongo a dar vueltas
y acabo con la cama deshecha y la almohada caliente por los dos lados y los
ojos en carne viva y el pijama retorcido y otra vez con ganas de hacer pis y me
levanto al baño y se me vuelve a ir el sueño ya definitivamente hasta la hora
de la siesta que odio desaprovechar dormida porque me gusta ver películas con
mamá y entonces me hago un café y me acabo quedando frita y por la noche no hay
quien duerma y cojo el cuaderno rojo y escribo cosas que no me interesan ni a mí.
Y eso queso.
sábado, 21 de julio de 2012
El mar se siente menos solo en toda su inmensidad que yo con todos mis huesos.
Me gustaría que las pisadas estuvieran rellenas pero hace tiempo que ningunos pies caminan al lado de los míos. Lo sé, pero no quiero reconocer que cuando todos van al Norte yo voy hacia el Sur. Y también sé que soy yo la que respondió que prefería ir sola cuando los demás se ofrecieron a acogerme en su seno para la gran travesía.
El resultado es que camino con la única compañía de mi
respiración, al borde la espuma, mientras canturreo Porcelain sin que nadie me haga
los coros. Pienso que tengo bastante con ello y que nada puede pasarme si sigo el
rastro de las gaviotas tarareando esa canción, que una vez significó mucho.
Pero la realidad es que el mar se siente menos solo en toda su
inmensidad que yo con todos mis huesos. Porque se me han helado. Se me han
helado a más de 30 grados con humedad, algo de lo que no muchos pueden
presumir. Siempre he tenido la temperatura de los peces, pero esta vez he
llegado hasta el fondo de los océanos. Y allí hace(s) frío. Y está(s) oscuro.
martes, 17 de julio de 2012
.
Supongo
que esto funciona así: si naces en California tienes que aprender a hacer surf.
Si naces en Zaragoza, tienes que aprender a buscarte un entretenimiento en una
ciudad pequeña y aburrida para los jóvenes.
Naces
en América y sabes que tendrás que recorrer mil tiendas para encontrar un
vestido para el baile del instituto (lo que ellos llaman ‘prom’). Pero naces en
Zaragoza y sabes que soñarás toda tu vida con ir a uno de esos bailes
americanos que has visto en las películas, aunque pueda sonar cursi. Supongo
que ocurrirá lo mismo en todo el mundo; el lugar en el que naces determina los
hobbies y el estilo de vida que vas a tener, aunque a ti no te apetezca que sea
ese.
Y supongo que todos preferimos
las cosas que hacen en otros continentes/países/loquesea porque siempre nos
parece que son mejores.
En mi
caso creo que tengo razón al querer haber nacido en California y haber
aprendido a surfear o a ser animadora y llevarme de calle al quarterback del
equipo de football americano. Me da lo mismo si os suena tópico o cursi o
repelente. Sé que todas las mujeres soñamos con ese tipo de vida que no sólo
sale en las películas sino que existe de
verdad, y yo lo estoy viendo con mis propios ojos.
Eres americano y tendrás un portátil
Apple sea cual sea el precio, un iPhone 4S, una casa unifamiliar con piscina y
barbacoa, un coche por cada miembro de la familia, y aprenderás a surfear
porque serás el típico californiano rubio de ojos verdes y piel dorada, pero te pasarás al skateboard
en otoño y al snowboard en invierno porque estudiarás en otro estado cueste lo
que cueste, y te graduarás tirando el birrete al aire mientras arrastras la
toga por el suelo y brindas con la cerveza que te ha consentido beber tu padre
porque ya tienes un trabajo que te permite independizarte y comprar tu propio
piso moderno y otro coche porque has tenido el tuyo desde los 16 años, y ganas
más dinero del que cualquier español verá en su vida en estos momentos, y
seguirás siendo guapo y tu belleza aumentará conforme pasen los años, porque
para los californianos el tiempo no pasa de la misma forma. Porque ellos viven
en California, Estados Unidos, América. Y no viven mejor, ni peor, ni más, ni
menos, pero viven tal y como les toca por el simple hecho de haber nacido allí,
a orillas del mar.
Sé que está mal escrito y que no es mi estilo escribir así, pero necesitaba desahogarme porque estoy
viendo cosas demasiado diferentes a Europa
y más parecidas a las películas que he visto de lo que yo esperaba.
sábado, 14 de julio de 2012
Caperucita y el lobo.
No era
por la brisa detrás de tus orejas ni por el ojo encajado en el rabillo para ver
qué se cocía tras esa parte del cuerpo que tanto te intrigaba. No era por la
arena bajo tus pies, ni por el nombre que acababas de escribir en ella y que la
marea había ahogado entre su espuma contaminada. Tampoco era por la tobillera
que te había regalado el verano pasado y que no te quitaste hasta ese mismo
día, cuando por fin el mar se tragó al ardiente sol como el lobo se hubiera
tragado a Caperucita de no ser por el cazador. No era por ese extraño color
anaranjado de la luna que anunciaba un calor asfixiante para los días
siguientes, ni por su forma de sonrisa descolgada del cielo. No era por el
bañador mojado, goteando en la playa como gotean las cañerías del fregadero. No
era el velero que navegaba en el horizonte con una sola vela arrugada. No era por
la última familia que quedaba en aquél lugar y que ya recogía las sombrillas
después de una tarde como otra cualquiera, con los niños y las sillas plegables
a cuestas.
Era por
sus susurros detrás de tus orejas, por los ojos cerrados mientras tú le
acariciabas esa otra parte que tanto le gustaba. Era por las sábanas calientes,
y por todos los nombres que se había inventado cada noche para ahogarte en sus
juegos de palabras y que finalmente quedaron enterrados debajo del colchón. Era
por la tobillera que ella te había deslizado entre los dedos de los pies
pidiéndote que la llevaras para acordarte de sus ojos contaminados de
volatilidad cada vez que la miraras. Era
por la negrura de su pelo corto y revuelto que te gustaba acariciar durante
días y por su sonrisa tristona. Era por sus bragas en el suelo y tus
calzoncillos debajo de la cama, cogiendo polvo durante semanas. Era por lo solo
que te quedabas cuando ella se iba, con el corazón arrugado. Era por la última
vez que ella se fue, después de una tarde como otra cualquiera, con los
párpados a cuestas. Con la vida a cuestas.
Porque, al fin y al cabo, ella
siempre había sido el lobo. Y tú Caperucita.
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