No sé qué decir. Tengo otra vez
esa terrible y extraña sensación de nostalgia por cosas que todavía no me han
sucedido. Otra vez echo de menos ese futuro que jamás ha ocurrido. Es por culpa
de Barcelona, y por culpa de las expectativas que en ella esto poniendo, quizás
(seguro) demasiado altas. Cuando pienso en Barcelona en mi cabeza aparecen unos
Levi’s claros de los auténticos, una camiseta básica blanca, unas botas con
cordones, una piel morena, unos labios carnosos
y unos ojos verdes, marrones quizá, negros.
Cuando pienso en Barcelona veo
unas piernas largas, una melena rizada, unos calcetines por la rodilla y unos
altavoces con Mumford & Sons como himno matutino.
Cuando pienso en Barcelona me
imagino entre unas gafas marrones, unas Converse mordidas y un gorro de lana. Me
veo acurrucada en la arena, con el jersey de ochos de mi padre, el pelo corto
enredado y los pies fríos. Pero no me encuentro sola, porque de nuevo están los
Levi’s clásicos y la piel morena de un Mr. Darcy que sólo conozco en mi
imaginación.
No sé qué decir. Quiero
conocerte.
(Cómo me delato. Cuánto amor
necesito. Cuánto amor nuevo.)
Me viene al pelo empezar a leer este libro del genio Kundera que he encontrado en la casa de Bretaña, en la lengua original. Es una pasada.
“En griego, «regreso» se dice nostos. Algos significa “sufrimiento”. La nostalgia es, pues, el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. La mayoría de los europeos puede emplear para esta noción fundamental una palabra de origen griego (nostalgia) y, además, otras palabras con raíces en la lengua nacional: en español decimos “añoranza”; en portugués, saudade. En cada lengua estas palabras poseen un matiz semántico distinto. Con frecuencia tan sólo significan la tristeza causada por la imposibilidad de regresar a la propia tierra. Morriña del terruño. Morriña del hogar. En inglés sería homesickness, o en alemán Heimweh, o en holandés heimwee. Pero es una reducción espacial de esa gran noción. El islandés, una de las lenguas europeas más antiguas, distingue claramente dos términos: söknudur: nostalgia en su sentido general; y heimfra: morriña del terruño. Los checos, al lado de la palabra “nostalgia” tomada del griego, tienen para la misma noción su propio sustantivo: stesk, y su propio verbo; una de las frases de amor checas más conmovedoras es styska se mi po tobe: “te añoro; ya no puedo soportar el dolor de tu ausencia”. En español, “añoranza” proviene del verbo “añorar”, que proviene a su vez del catalán enyorar, derivado del verbo latino ignorare (ignorar, no saber de algo). A la luz de esta etimología, la nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Estás lejos, y no sé qué es de ti. Mi país queda lejos, y no sé qué ocurre en él. Algunas lenguas tienen alguna dificultad con la añoranza: los franceses sólo pueden expresarla mediante la palabra de origen griego (nostalgie) y no tienen verbo; pueden decir: je m?ennuie de toi (equivalente a «te echo de menos» o “en falta”), pero esta expresión es endeble, fría, en todo caso demasiado leve para un sentimiento tan grave. Los alemanes emplean pocas veces la palabra “nostalgia” en su forma griega y prefieren decir Sehnsucht: deseo de lo que está ausente; pero Sehnsucht puede aludir tanto a lo que fue como a lo que nunca ha sido (una nueva aventura), por lo que no implica necesariamente la idea de un nostos; para incluir en la Sehnsucht la obsesión del regreso, habría que añadir un complemento: Senhsucht nach der Vergangenheit, nach der verlorenen Kindheit, o nach der ersten Liebe (deseo del pasado, de la infancia perdida o del primer amor).”

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