sábado, 14 de julio de 2012

Caperucita y el lobo.


No era por la brisa detrás de tus orejas ni por el ojo encajado en el rabillo para ver qué se cocía tras esa parte del cuerpo que tanto te intrigaba. No era por la arena bajo tus pies, ni por el nombre que acababas de escribir en ella y que la marea había ahogado entre su espuma contaminada. Tampoco era por la tobillera que te había regalado el verano pasado y que no te quitaste hasta ese mismo día, cuando por fin el mar se tragó al ardiente sol como el lobo se hubiera tragado a Caperucita de no ser por el cazador. No era por ese extraño color anaranjado de la luna que anunciaba un calor asfixiante para los días siguientes, ni por su forma de sonrisa descolgada del cielo. No era por el bañador mojado, goteando en la playa como gotean las cañerías del fregadero. No era el velero que navegaba en el horizonte con una sola vela arrugada. No era por la última familia que quedaba en aquél lugar y que ya recogía las sombrillas después de una tarde como otra cualquiera, con los niños y las sillas plegables a cuestas.
Era por sus susurros detrás de tus orejas, por los ojos cerrados mientras tú le acariciabas esa otra parte que tanto le gustaba. Era por las sábanas calientes, y por todos los nombres que se había inventado cada noche para ahogarte en sus juegos de palabras y que finalmente quedaron enterrados debajo del colchón. Era por la tobillera que ella te había deslizado entre los dedos de los pies pidiéndote que la llevaras para acordarte de sus ojos contaminados de volatilidad cada vez que la miraras.  Era por la negrura de su pelo corto y revuelto que te gustaba acariciar durante días y por su sonrisa tristona. Era por sus bragas en el suelo y tus calzoncillos debajo de la cama, cogiendo polvo durante semanas. Era por lo solo que te quedabas cuando ella se iba, con el corazón arrugado. Era por la última vez que ella se fue, después de una tarde como otra cualquiera, con los párpados a cuestas. Con la vida a cuestas.
Porque, al fin y al cabo, ella siempre había sido el lobo. Y tú Caperucita. 


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