No era
por la brisa detrás de tus orejas ni por el ojo encajado en el rabillo para ver
qué se cocía tras esa parte del cuerpo que tanto te intrigaba. No era por la
arena bajo tus pies, ni por el nombre que acababas de escribir en ella y que la
marea había ahogado entre su espuma contaminada. Tampoco era por la tobillera
que te había regalado el verano pasado y que no te quitaste hasta ese mismo
día, cuando por fin el mar se tragó al ardiente sol como el lobo se hubiera
tragado a Caperucita de no ser por el cazador. No era por ese extraño color
anaranjado de la luna que anunciaba un calor asfixiante para los días
siguientes, ni por su forma de sonrisa descolgada del cielo. No era por el
bañador mojado, goteando en la playa como gotean las cañerías del fregadero. No
era el velero que navegaba en el horizonte con una sola vela arrugada. No era por
la última familia que quedaba en aquél lugar y que ya recogía las sombrillas
después de una tarde como otra cualquiera, con los niños y las sillas plegables
a cuestas.
Era por
sus susurros detrás de tus orejas, por los ojos cerrados mientras tú le
acariciabas esa otra parte que tanto le gustaba. Era por las sábanas calientes,
y por todos los nombres que se había inventado cada noche para ahogarte en sus
juegos de palabras y que finalmente quedaron enterrados debajo del colchón. Era
por la tobillera que ella te había deslizado entre los dedos de los pies
pidiéndote que la llevaras para acordarte de sus ojos contaminados de
volatilidad cada vez que la miraras. Era
por la negrura de su pelo corto y revuelto que te gustaba acariciar durante
días y por su sonrisa tristona. Era por sus bragas en el suelo y tus
calzoncillos debajo de la cama, cogiendo polvo durante semanas. Era por lo solo
que te quedabas cuando ella se iba, con el corazón arrugado. Era por la última
vez que ella se fue, después de una tarde como otra cualquiera, con los
párpados a cuestas. Con la vida a cuestas.
Porque, al fin y al cabo, ella
siempre había sido el lobo. Y tú Caperucita.

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