Yo no veo lo que ve todo el mundo en el Paseo de Gracia. No me fascinan los edificios descomunales, ni las tiendas caras, ni la Pedrera, ni la Casa Batlló. No me fijo en los grupos de japoneses con cámaras, ni en la cantidad de luces de Navidad que cuelgan apagadas entre las dos aceras.
Es todo tan desproporcionado que no me queda más remedio que perderme en las cosas pequeñas:
En la chica de los ojos grises que anda deprisa y con mala cara para llegar a la farmacia.
En las diminutas flores naranjas que adornan algunos tramos en medio de todo el gris.
En los zapatos de charol rojo de estilo años 20.
En que hay un McDonalds entre dos tiendas cuyo nombre nombre no recuerdo, pero seguro carísimas.
En la bicicleta con silla para un niño que está enganchada a la señal de "No estacionar. Se avisa a grúa.".
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