Llevo muy mal lo del metro. Es seguramente
lo que menos me gusta de Barcelona.
Tengo tantas cosas que decir sobre el metro… Empezando por que tengo diez minutos de camino a la parada más cercana. Cuesta arriba.
Y otros 25 en el cacharro maloliente hasta la universidad (otra institución de
la que hablaré en otro momento, cuando ordene todas las quejas que tengo sobre
ella).
Odio el metro porque me muero de
pena cada vez que el tren de la vía contraria viene para llevarse a los
ejecutivos impacientes como si los barriese; y me quedo siempre sola,
con las rodillas contra el pecho en uno de los bancos de mármol gris. Sí, lo
sé, una imagen muy patética.
Odio el metro porque siempre lo
cojo al revés y me veo obligada a coger muchos más para rectificar, y por cada tren
que cojo aumenta mi odio.
Odio el metro porque lo odio y porque sí, y porque huele a humanidad. Pero a humanidad de la que no sabe lo que es la ducha ni el desodorante ni las colonias. Y hace calor, pero también hace frío. Y nunca hay sitio. Odio el metro porque la gente es muy sosa, y porque lo odio y porque punto.
Odio el metro porque lo odio y porque sí, y porque huele a humanidad. Pero a humanidad de la que no sabe lo que es la ducha ni el desodorante ni las colonias. Y hace calor, pero también hace frío. Y nunca hay sitio. Odio el metro porque la gente es muy sosa, y porque lo odio y porque punto.
Llegará el día que entre en el vagón más lleno del ferrocarril de las 9h25 y me ponga a gritar que ODIO EL METRO. O bien me arrancaré a cantar entre la multitud, como llevo pensando algunos días.
Cantaré, bailaré y cuando todos
me estén mirando con expresión de indiferencia o diversión, les diré que se
unan. Entonces bajarán la mirada y seguirán con sus libros electrónicos, sus
teléfonos inteligentes y demás aparatejos que algún día harán interferencia con
las catenarias.
Y para cuando regresen a sus
casas ya no se acordará nadie de la loca que se puso a cantar y gritó que odiaba
el metro.
Me bajo en la siguiente parada.
P.D.: Me encanta el metro porque
es el único rato que tengo para escribir.

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