Me siento como en una película.
Se acaba de sentar a mi vera, porque yo le he ofrecido asiento, un militar
guapérrimo y lo primero que ha hecho ha sido sacar una biblia de bolsillo con
la cubierta de camuflaje, a juego con su uniforme. No soy creyente pero me
enternece que los hombres valientes como él confíen todavía en una presencia
después de haber visto la guerra.
Aunque lo que más ternura me da
es que, entre todo ese color caqui que tiñe sus botas, pantalón, camiseta,
cazadora y mochila, de ésta sobresale la cabeza marrón de una jirafa de
peluche, lo que me lleva a pensar que vuelve a casa con un regalo para su hija,
a quien arropará y leerá un cuento de hadas olvidando cualquier atrocidad que
haya podido ver allá de donde viene este apuesto militar de origen mexicano.
Ha
decidido que quería entablar conversación conmigo y hemos estado cerca de media
hora hablando sobre San Diego puesto que a él lo “crecieron” allí aunque nació
en Tijuana. Ahora sé que vuelve a casa después de siete meses confinado en “un
hoyo” en el sur de España porque me lo ha contado todo en un “español muy feo”
que a mí me parece de lo más bonito con ese acento dulce y cantarín que tienen
los mejicanos.
Estas
cosas que me pasan de enamorarme de cualquier transeúnte… Lo gracioso es que
puedo echar de menos a esos amores fugaces más de lo que echo de menos a mi
familia, amigos, o incluso a Leo.
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