Viernes, 29 de junio de 2012 (III)
Me
gustaría haber viajado acompañada de alguno de mis bichos. Llevo muchas horas
sin poder hablar con nadie (conversaciones formales con personal del aeropuerto aparte) y, aunque de
normal yo sea más bien callada, siento la necesidad de conversar con quien sea.
Pero la vergüenza me impide entrarle a algún viajero solitario o a cualquier
familia, así que tendré que aguantarme.
Curiosamente
me he puesto a pensar en quién me gustaría que estuviera aquí conmigo y, aparte
de Leo o mi madre, me encantaría que Sabina se sentara a mi lado y me contara
alguna de sus historias de libros y librerías. Sólo unos pocos conocéis a
Sabina, pero para los que no, es un personaje que yo inventé y que después
cobró vida por su cuenta dejándome tirada. No se merece que la eche en falta
pero bueno, estas cosas pasan y hoy me gustaría tenerla cerca.
No es
la única que se me ha venido a la cabeza. También me encantaría que Lola me
hubiera acompañado en la travesía. He conocido a una neoyorquina que volvía a
casa después de un año estudiando en Madrid y no he podido por menos que
acordarme de la maravillosa Arlene. Entonces me he puesto a imaginar que Lola y
yo íbamos en el avión de camino a ver a la americana más sonriente de Estados
Unidos.
Peeeeeeeeeeero, a falta de
alguien de carne y hueso, bueno es este cuaderno rojo que siempre viaja conmigo
y seis libros magníficos entre los que se cuentan viejos conocidos: el elegantísimo Paul Auster, el liante Milan
Kundera, el genio Sándor Marai y mi preferido, Julio Llamazares con su lluvia
amarilla.
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