Viernes, 20 de junio de 2012 (II)
Es cierto eso que dicen de
Nueva York. Hay de todo, es un como una mezcla de especias de colores. Estoy
sentada en la sala de espera de embarques del JFK y nunca me había sentido tan
integrada dentro de una miscelánea (perdonadme esta palabra un tanto pedante)
así. Soy española y se ve a la legua porque soy medio gitanica (como dice Manch
y mi familia) y tengo la piel y los ojos muy oscuros. Pero nadie me mira por
ser de otro país, y de otro continente incluso, porque aquí la mayoría son de
países ajenos a los Estados Unidos. De hecho no sabría deciros si ahora mismo
hay alguno americano cerca. Lo que sí que hay es una familia oriental que habla
en un americano con mucho acento; otra mujer latina que viaja a Miami con una
nenita colgada del cuello; una mujer con el pelo canoso de aspecto bohemio que
lee una novela en frente mío; una niña casi albina; un tailandés, un grupo de
yayas; ejecutivos; grupos de españoles ruidosos. Hay incluso un gorrión y dos
palomas dentro del aeropuerto revoloteando en esta sala. En fin, es curioso porque las típicas imágenes
de las películas de Nueva York que enfocan una de esas calles petadas de gente
no están trucadas y ahora estoy segura de ello, de que esas personas de todos
los colores, tamaños, formas y orígenes existen en la ciudad que nunca duerme. No sé, quizás es
que llevo más de 15 horas de viaje y empiezo a ver y a escribir cosas
incoherentes.
Perdonadme, pero estoy agotada.

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