domingo, 8 de abril de 2012

Me corten la lengua.

Que si la noche se estaba encuerando no fue para verme 
Lo que quería es cincuenta y la cama ¿con quién?, daba igual 
Con troncos viejos que con calaveras, que esconden los dientes 
Con dedos largos que nadie les queda para señalar 
Con los muñones que escriben derecho en renglones torcidos 
Con el olvido que siempre se acuerda de resucitar, 
Con los relojes que me echan las cuentas y no han entendido 



Que no me he rendido, QUISE FRACASAR. 


martes, 3 de abril de 2012

     A veces pasa que estás mucho tiempo sin escribir y después te viene la inspiración y estarías todo el día agarrada al lápiz. No es mi caso. Pero sí que llevo días pensando en escribir algo que probablemente sorprenda a quienes me conocen porque no suelo ser muy afectiva, pero creo que estas cosas hay que ir diciéndolas de vez en cuando. No quiero darle más importancia de la que se merece, pero entended que no acostumbro a contar ciertas facetas de mi ser/persona/bicho/loquesea.

     Bueno, el caso es que estábamos mi cabeza, mi cuerpo redondeado y yo el otro día en un cacharro que se hacía llamar autobús (digo que 'se hacía llamar' porque realmente era más estrecho que los autobuses corrientes. Aunque puede ser que la que esté más ancha sea yo...). Estábamos mis extremidades y yo pegadas a un asiento de terciopelo con la cara cosida a una ventana con vistas a los campos castellanos, y en un momento dado se me ocurrió girar la cabeza. [Para entender esto habéis de saber que era un viaje de estudios con unas 60 personas gritando, riendo, roncando, vomitando y ya llevábamos unas 4 horas de las 7 que sumaban en total; así que os podéis imaginar lo divertida que estaba yo, que me gusta viajar en silencio.] Resumiendo. En medio de dicho caos estudiantil en el que yo intentaba no participar, me dio por despegar el cogote del respaldo y me atreví a mirar lo que se cocía en el autocar. En lugar de amargarme como había hecho las veces anteriores viendo el panorama que me esperaba, sólo me fijé en lo que tenía cerca. Resultó que tres de los bichos que más quiero en el mundomundial habían caído rendidos y dormían profundamente a mi alrededor. No les digo jamás una sola palabra cariñosa ni ellos me las dicen a mí, pero en aquél momento les habría dicho cualquier cosa.
   Qué ternura sentí al ver que bicho#1, que cunde más que cualquiera de los otros dos, se había quedado dormido como un tronco encima de mis pechos. Sé que puede sonar mal, pero se acopló a mi cuerpo como nunca antes lo había hecho y respiraba a la vez que yo.
   Qué ternura sentí al notar la cabeza de ajo de bicho#2 justo delante mío, con el asiento reclinado. Él, a quien una vez quise tanto y tan mal y quien ahora es incapaz de fijarme la vista y hablarme sin que le tiemble la voz.
   Y, por último, qué ternura sentí al reparar en la postura fetal de bicho#3, que en esa posición me recordó al niño que es, aunque se empeñe en demostrarse a sí mismo lo maduro que es en ciertas ocasiones.

     No sé por qué escribo esto, parezco la típica niña tonta, pero es que soy una niña tonta todavía y a veces vomito estas cosas. Aunque me arrepiento al instante, como me estoy arrepintiendo ya. De cualquier manera, este blog lo leen dos gatos y este texto probablemente sólo pueda entenderlo otro bichito de ojos saltones que mientras yo pensaba estas cosas en aquél autocar, jugaba al 'veo veo' y se reía más a gusto que un arbusto.

Bicho#2 y Clara

    En fin, prometo no volver a publicar este tipo de pastelosidades pastelosas. Pero bueno, hoy es martes, llueve, estoy sola en casa y he comido muchos helados.

domingo, 1 de abril de 2012

     Sé que hace días que no cuento nada por aquí, pero es que hace días que no tengo nada en la cabeza. Se me han volado las palabras y no puedo rellenar una hoja en blanco con más de una frase o dos. Todas mis entrañas se  han hecho un ovillo y han decidido colocarse entre el estómago y el pecho. Pesa bastante, pero vivo con ello. Sé perfectamente cuál es la razón de ese nudo, igual que sé que va a quedarse allí a vivir durante un tiempo.
Ayer me volví a traicionar a mí misma. Y esta vez no me lo perdono.




(Me he permitido robar la foto del Tumblr de una muchacha fantabulosa a la que me habría gustado conocer mejor. Os lo dejo aquí para que podáis disfrutar de su página como yo lo hago: http://tonightworlddies.tumblr.com)



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miércoles, 29 de febrero de 2012


          Nunca me había interesado el arte. Y ahora resulta que me preocupan las pecas de Venus.
Sus pecas, y sus voluminosos muslos, y sus caderas ocultas tras la piel mullida. No hay hueso, ni hay definición, no hay fibra. No hay trampa ni cartón, ni silicona. Y es de una belleza inefable.
Me odio a mí misma por odiarme a mí misma, y por tener complejo con un cuerpo que antaño hubiera sido el cánon. Incluso me habrían faltado unos kilos para alcanzarlo. 
Por suerte siempre quedarán las pecas de Venus para sentirme a gusto en mi propia concha. 


No sé lo que soy en estos momentos, así que no hagáis caso de lo que no digo.

viernes, 10 de febrero de 2012



Próximamente en mi espalda.




















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Ñe.

Hace tiempo que pienso que no tengo alma. No es que naciera sin ella, quizás se la llevó una ráfaga de viento, en esta ciudad del cierzo nunca se sabe qué es lo que se va a volar cuando sales a la calle. El caso es que siempre se acaba volando algo. Yo llevo meses sintiendo que me falta ese soplo que algunos pensamos que constituye uno de los dos elementos de ser humano. Lo he notado en las tiendas que tienen puertas de las que se abren con un sensor de movimiento. Yo me quedo siempre como un fantoche delante esperando que se deslicen y me den acceso al local, pero casi todas las veces se niegan a dejarme pasar y acabo agitando los brazos como una loca para que por fin se digne a dejarme entrar. Suena patético y soy consciente pero últimamente no hay otra manera de hacerlo… Lo mismo me sucede con las pantallas táctiles de los móviles o de los aparatejos (que dios confunda) de las tiendas de fotografía, incluso en los sensores dactilares de la piscina del gimnasio. Yo, como persona que soy (o eso creía), voy decidida a acariciar esas superficies tan modernas esperando que se accionen al reconocer una piel, un músculo sobre ellas. Pero nada, no ocurre nada. Y me quedo como una tonta, delante, mirando los cacharros que se han inventado hace dos días y que se resisten a dejar que una muchacha que nació en otra época, mucho más arcaica que esta, pueda utilizarlos. De modo que allí estoy yo, tocando todos los botones habidos y por haber, enfadada o suplicante, muda o jurando en hebreo. Y nada, nunca nada. No tengo alma. Es eso lo que me pasa.

Lo que me pasa es que hace tiempo que dejé de estar hecha del mismo barro que los demás humanos. Sigo siendo un cuerpo ( que por cierto me acompleja cada día más) pero no hay nada dentro que le dé vida. Lo que antes era mi alma ahora pertenece a otros lugares. Sé que vaga por los tejados, por el tuyo, por el mío, por el suyo. Por las calles invernales con olor a chimenea. Y debajo de los tubos de escape. En los alféizares donde da el sol directo por la mañana. Y en los que da de tarde. En algún que otro regazo, el tuyo, el suyo, los dos a la vez y nunca al mismo tiempo. Debajo de la mesa, junto al radiador. En las esquinas de las ventanas. Aquí, allí, en los dos sitios a la vez y nunca al mismo tiempo.
Y ya. Y sin alma. Y sin luna menguante. Y con el corazón del verrés. Y la sonrisa despeinada. Y los bigotes sin cepillar. Y punto. 

domingo, 5 de febrero de 2012

El mejor cuento de la historia de los cuentos.


La foto no tiene nada que ver, pero lleva días torturándome. 


" Conocí a un chico que era alérgico al polen y al polvo y al serrín y al humo provocado por combustión de carburantes y a las ensaladas y a los gatos y a las ballenas y a las fibras sintéticas y a uno de cada dos medicamentos. Era uno de esos chicos que no hablan con nadie. Parecía uno de los que viven en campanas de cristal, pero era alérgico a las campanas de cristal, así que tenía que enfrentarse con todas sus alergias llevaba sus alergias encima como un viajante de comercio lleva sus maletas. Demostró legalmente que era alérgico a sus padres, así que sus padres tuvieron que darle una pensión vitalicia sin disfrutar a cambio del consuelo de agujerear sus zapatos con sus propias desgracias, además él ni siquiera llevaba zapatos porque era alérgico a la piel y al caucho. Le hicieron unos zapatos de madera pero a él le pareció que era como andar con dos ataúdes chiquititos en los pies, así que los tiró por la ventana. Una chica que pasaba por la calle recogió los zapatos, y como nunca había visto unos zapatos tan raros subió a ver de quién eran. El chico abrió a puerta y la chica entró, los dos se miraron un rato y los dos era guapos, y los dos llevaban solos demasiado tiempo, así que se abrazaron un poco a ver qué pasaba resultó que la chica iba vestida con fibras sintéticas y tenía ojos de gato, y estaba gorda como una ballena y tenia polen en el pelo y serrín en el cerebro y antibióticos en los dedos y ensaladas en la falda y un motor de explosión que le ayudaba a subir las escaleras. El chico se murió con una estúpida y gigante sonrisa de felicidad en la cara.
Cuando me desperté estaba seguro de que podría aprender algo de ese sueño pero no sabía qué coño podría ser. "

—Ray Loriga, Héroes.



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