"- Hoy tengo el día tristón.
- ¿Estás tristona?
- Sí... Estos días mucho.
- ¿Bailamos?
- ¿Cómo?
- De lejos. Yo bailo por ti. Porque te quiero."
En realidad me caigo de sueño: llevo ya un rato rascándome los ojos como si con eso bastara para que dejaran de pesarme los párpados. No creo que hoy tuviera problemas para dormir; al contrario, estoy rendida de llevar todo el día sentada en una silla aprendiéndome las fechas de una guerra que borró a España del mapa y con ella a millones de hombres, mujeres y niños condenados por pensar. Pero bueno, no es esta una entrada acerca de aquél desastre que a mí tanto me fascina (en el sentido de interesar). No, esto no es lo que yo quería escribir en este cuaderno que acabo de estrenar y que he escogido entre mi colección porque tiene un gato negro en la portada. Yo soy ese gato negro, aunque Pantera se está revolviendo en mi cabeza desde hace días. No quiero sacarla a pasear porque no es buen momento. Nunca es buen momento. Sé que arañará más que nunca y no puedo permitirme causar(me) más destrozos. No puedo dejarla salir de la jaula que he estado construyendo para ella desde que el año pasado arrasara tantas esquinas que hoy se mantienen en ruinas como buenamente pueden.
No saco a Pantera pero sí a Dallas Green, el escultor de las lágrimas. Me han entrado ganas de escuchar sus acordes porque la fea de Elena me ha dicho que lo acababa de descubrir. Le encantará.
De modo que aquí estoy, otra vez escribiendo sobre lo mismo con la misma música y un cuaderno nuevo.
Estoy dando rodeos porque no puedo llegar al tema que me gustaría tratar. Todavía no me permiten gritarlo a los cuatro vientos, así que me contendré y me conformaré con dar vueltas alrededor de la palabra que ocupa mi cabeza desde el lunes 23 de abril. El problema es que me mareo ya de tanto girar en torno a esas 9 letras y empiezo a tener VÉRTIGO de nuevo y me voy a volver a caer y no sé si esta vez podré levantarme yo sola. Porque está vez lo tengo que hacer sola. No estará mamá, ni Pablo, ni Celia, ni Lobo, ni Nerea, ni Mamá. Nadie. Estaremos mi edredón de colores y yo frente a una tetera con agua hirviendo. Y nadie va a venir a rescatarnos.
No quiero andarme más por las ramas y negar(me) lo que es evidente. Clara, asume que tienes miedo. Que te estás asustando por algo que queda lejos, lejísimos. Y que tienes miedo de tener tanto miedo que se paralice tu cuerpo como te suele pasar y te pliegues sobre ti misma como lo hacen las margaritas por las noches. Te aterra verte rodeada de corazones extraños, de botas de cuero, de agujeros en la nariz, de poemas de Baudelaire, de análisis sintácticos. Te muerdes la lengua de impotencia imaginando que dentro de un tiempo ya no querrán bailar contigo "de lejos por ti porque te quiero", ni escribir una frase antes y otra después de una tuya, ni ponerse una corona de flores que tú hayas hecho un sábado de resaca.
Y lo peor de todo es que ese miedo que te está envenenando lo liberas tú solita, sin ayuda de nadie. Porque hablas sin pensar, piensas sin saber. Y das por hecho lo que no puede darse por hecho. Y no hay manera de estar segura de que ya no bailarán "de lejos por ti porque te quiero" o si por el contrario te seguirán pidiendo que te calces los zapatos de salón. Tampoco puedes asegurar que ya no habrá globos en aquella plaza, o que se acabarán los sofás roñosos.
Te estás devorando antes de tiempo, y te pasará una factura tan alta que deberás prescindir de los bailes "de lejos por ti porque te quiero", de los batidos de cereza, de ponerle velas a los helados de regaliz. Entonces sí que tendrás miedo y te plegarás sobre tu ombligo porque no te quedará más que el recuerdo de un sabor rancio a derrota. No volverás, como Don Quijote, 'vencedora de ti misma'. Todo lo contrario, te habrás desangrado por culpa de los puñales que metes en tu propia cama.
Así que ya vale. Ya vale de andar todo el día quemándote las neuronas y de abrasarte la cara con el ácido de lagrimas llenitas de un miedo sin razón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Paseos compartidos.