Jugaban con la
despreocupación de los niños que todavía no tienen que hacer deberes en casa
porque les había dado tiempo a acabar las tres restas y las dos multiplicaciones
que la señorita les había mandado hacer en el cuaderno rojo. Algunos desafortunados
sí que debían llevarse los deberes a casa porque se habían distraído jugando a
hacerle agujeros a la goma en el rato que tenían para calcular las cinco
operaciones de matemática elemental. Los pobres tendrían que sentarse en su
escritorio diminuto para que al día siguiente optaran a un gomet verde en la
casilla de deberes.
En cambio los que habían cumplido
con su obligación académica jugarían
toda la tarde con el helicóptero teledirigido, regalo del abuelo, perseguidos
por sus incansables madres con el bocadillo de chorizo a medio empezar.
No se
imaginaban que en una docena de años se verían frente a unos apuntes,
probablemente ajenos, con mala caligrafía, intentando descifrar los misterios
de la vida universitaria. Siendo niños no pensaban que la diversión tuviera
límites porque infinito era la
palabra preferida de todos. Hasta que se encontraran angustiados frente a una
operación matemática con un ocho tumbado. Entonces no se acordarían del valor
que adjudicaban a la eternidad cuando lo eterno consistía en ponerse una y otra
vez el disfraz heredado de Campanilla o en construir un parque de atracciones
con los Lego.
Pero lo que
tampoco se imaginaban aquellos niños hechos de golosinas una vez a la semana y
de tabletas de chocolate blanco Milkibar a la salida del colegio, era que la
diversión cobraría otras dimensiones y tendría nuevas fronteras. Así, el que se
angustia con sus deberes universitarios de matemáticas se acordará de aquel
cuaderno rojo con cinco operaciones sencillas mientras se entretenga despegando
la capa de cola blanca que ha dejado secar en la mano que no le sirve para
integrar ni derivar.
La diversión no cabe en la cáscara de un cacahuete, pero sí en la de un cacahuete tumbado.
